El laberinto geopolítico del Viejo Continente se asemeja a esa ranchera añeja: ni contigo ni sin ti tienen cura mis pesares, contigo porque me matas y sin ti porque me muero.
Europa necesita petróleo y gas ruso baratos, accesibles, de calidad; y de sus materias primas, claves para el proceso de empoderamiento europeo en las últimas décadas; pero, a raíz de la operación especial de la Federación Rusa en Ucrania, el Viejo Continente ha demonizado a Rusia, acusándola de buscar su destrucción mediante una invasión fulminante que llegaría en pocas horas hasta Portugal, ocupando la totalidad del continente.
Estados Unidos (EE. UU.) siempre estuvo en contra de esta dependencia europea; para ello promovió la cancelación de los gasoductos y oleoductos que unían a Rusia con Europa, incluso mediante el sabotaje, dinamitándolos, según el periodista estadounidense Seymour Hersh.
En una cumbre del 6 de marzo de 2025 la Unión Europea (UE) acordó destinar 800,000 millones de euros, alrededor de $1,000 millones, para el «rearme de Europa», que recaerá en Alemania, Francia e Inglaterra, y que obliga a los países de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN) a destinar un 5 % de su producto interno bruto (PIB) a la defensa. Las economías europeas sufren un descalabro energético; países como Alemania están trasladando fábricas y cadenas de producción a otros países con mano de obra barata y accesible a los combustibles rusos, como la India y el sudeste asiático.
Luego de la reconversión, Alemania centra esfuerzos en la producción militar. Volkswagen, Audi, Mercedes, Thyssenkrupp, han comenzado a producir tanques, cañones, drones y misiles en lugar de autos, ascensores y escaleras mecánicas. Tendrán que pagar elevados precios por el gas licuado y el petróleo que llega de Estados Unidos, pero estos son cubiertos por el jugoso budget militar de la OTAN.
El conflicto ruso-ucraniano ha dado un giro de 180 grados con la llegada de Trump, quien aboga por una salida política, adversando las posiciones atlantistas europeas en pro de la continuación de la guerra y el baño de sangre en el teatro de operaciones. Rusia mantiene su propuesta de paz: desmilitarización de las fronteras de las repúblicas de Lugansk, Donetsk, Jersón, Zaporiyia; reconocimiento de su integración a la Federación Rusa; desnazificación del Ejército y Gobierno de Ucrania; neutralidad de Ucrania. Trump ha llamado a los ucranianos para aceptar estas condiciones antes que los rusos lleguen hasta Kiev.
El Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia refirió que el pasado 10 de julio, el canciller ruso, Serguéi Lavrov, se reunió con su par estadounidense, Marco Rubio, en el marco de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) en la capital de Malasia, Kuala Lumpur, para concretar los acuerdos alcanzados por los presidentes de Rusia y de EE. UU., incluso durante su reciente llamada telefónica el pasado 3 de julio. Ambos titulares confrontaron exhaustivamente las posturas respecto a todas las cuestiones de la agenda
bilateral y la situación en el mundo e intercambiaron opiniones de manera sustancial y sincera sobre el arreglo ucraniano y la situación en torno a Irán y Siria. Reafirmaron la determinación mutua de buscar soluciones pacíficas a conflictos, restablecer la
cooperación ruso-estadounidense en la economía y las humanidades, contactos sin obstáculos entre las sociedades de ambos países, lo que, en particular, podría facilitar la reanudación de vuelos directos, y normalizar las actividades de las misiones diplomáticas bilaterales.
Europa no pinta nada en este diálogo
de superpotencias, e insiste en apoyar el
rumbo guerrerista del presidente Volodímir
Zelenski, quien, al no contar con el suficiente suministro armamentístico de EE. UU.,
podría colapsar, pese a las promesas europeas de acompañarlo hasta que caiga el
último ucraniano. No es gratuita la Operación
Militar Especial de Rusia, toda vez que un ingreso de Ucrania a la OTAN cruzaba la última línea roja de su anillo de seguridad estratégico, pues significa la instalación de armamento de
la OTAN, incluyendo cohetes atómicos, a
pocos kilómetros de su territorio.
En 1989, luego de que la Unión Soviética dio el visto bueno a la reunificación alemana, hubo un compromiso de no alargar las fronteras de los por entonces 16 países de la OTAN, «ni una pulgada» hacia el Este. Hoy, los 30 países de la
OTAN están a las puertas de Rusia, en el Prebáltico (Letonia, Lituania, Estonia),
Rumania, Bulgaria y Polonia. Dos geniales estrategas políticos estadounidenses,
antisoviéticos, antirrusos, anticomunistas, Henry Kissinger y Zbigniew Kazimierz Brzezinski, consejeros de seguridad nacional de los presidentes Richard Nixon, Gerald Ford, Jimmy Carter y Ronald Reagan, advirtieron en sus numerosas publicaciones que Estados Unidos ni Europa deberían caer en la tentación de atraer a Ucrania hacia la OTAN, pues ello
significaría de nuevo la guerra en Europa
y desestabilización mundial.
Los europeos, con el seudoargumento de la «amenaza rusa», sacada de una comedia de la guerra fría, «Ahí vienen los rusos», están asustando con el petate del muerto. La más elemental lógica indica que si la Federación Rusa lleva tres años en guerra con Ucrania, en la que ha logrado ocupar solo una tercera parte de su territorio, con mucha mayor razón es
lógico que el Ejército ruso es incapaz de invadir y ocupar un vasto territorio como el de toda Europa.
Lo que comenzó como un operativo estadounidense de impedir la influencia energética del gas y el petróleo ruso en Europa, conduce a las enseñanzas del viejo topo de la historia: la política es la economía quintaesenciada. Maquiavelo añadiría que es la búsqueda y conservación del poder a través de las leyes establecidas [y de «las otras»]. Y la guerra, según el estratega prusiano Carl von Clausewitz, es la continuación de la política por otros medios.







