Expresarte: Duras palabras hieren sentimientos
Por Wilfredo Bonifacio Córdova / DePoesía
Alma no es materia, provoca aflicción,
elogios y críticas apoderan la mente,
todo lo incorrecto abolirlo por omisión,
visual, dáctil, auditivo, úsalo consciente.
Surgió la corrupción, nació ignorancia,
verdadera educación inculca moralidad,
toda prevención personal se beneficia,
sabiduría produce armonía, amabilidad.
Recta concentración deja las ideas impuras,
desarrollo mental da paz moral intelectual,
nuestro amor es un principio de culturas,
humano nace desconociendo lo individual.
Llega a Dios con integridad y moralidad,
apego, ego, ignorancia veneno del alma,
busquemos esa existencia de la verdad,
usa divinidad latente, obtendrás calma.
Gracia divina sin nombre y forma,
una luz brillante muy refulgente,
seres, razas, colores lo conforma,
Dios, verdad, espiritual de gente.
Religión, no mala para buen sentido,
busca tu felicidad, evita sufrimiento,
educa la mente, no estés entretenido,
duras palabras hieren los sentimientos.
Condición humana sagrada es divina,
mujer liberal de corazón y compasión,
son nobles, desarrolla amor, mima fino,
no pierdas fe, resucita hermosa ilusión.
Cultura hace al humano su perfección,
visualiza diversas, alcanza tu divinidad,
suprime ira, envidia, prosperará la nación,
escudo protector es compasión y felicidad.
Nunca dañes por deseos egoístas, codiciosos,
como igual olvidar al Supremo Poderoso,
con gratitud espiritual llegaremos gloriosos,
ayudando al semejante en camino espinoso.
La meditación provoca atención y emoción,
no confunda silencio, aprobar y amabilidad,
humildad es brindar servicio sin compasión,
ayuden humanos en vicisitudes con bondad.
Misma piel
Por Tessi Morales / DePoesía
Me he muerto varias veces en esta vida,
renacido en el mismo cuerpo,
con la misma alma, bajo el mismo nombre,
arrastro en mi pelo enredado conchas milenarias, moluscos mineralizados,
llevo tatuados viajes y naufragios,
entre mis dientes maíz morado,
tierra nueva en mi vientre, fértil,
Mis pechos llenos de leche años después de dar a luz,
Mi madre me dijo: “Criar hijos no es para cobardes”,
Qué razón tenía.
Vasija, vaso más frágil, cántaro, acopio, supervivencia,
pináculo de la creación,
no hubo nada después de mí.
Cuando nado en el mar, suben las mareas,
cuando camino se hace el viento,
me pinto las chapitas con moras silvestres,
me delineo los ojos negros con carbón,
soy mujer, soy Eva, Lilith, Venus, Afrodita, Hera, Isis, Laka, Ixchel, Freya, la Pachamama, soy todas, todas en una misma piel.
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Brisa otoñal
Por Raúl Osmín Torres / DePoesía
Ella anhelaba ser amada
y ya no le importaba,
cómo ni por quién.
Todos sus príncipes azules
se fugaron con chicas de la vida alegre
que conocieron (quizá borrachos)
en algún bullicioso antro
de aquella ciudad de contrastes.
Las bailarinas exóticas
de esos concurridos clubes nocturnos,
donde abren sus piernas,
digo puertas,
de 9 p. m. a 3 a. m. madrugada
mientras otros duermen,
a veces se casan muy bien.
Tal vez sus pálidos pretendientes de ayer
no valían la pena
como para esperar más lealtad
de ellos.
Amor verdadero,
¿cuándo a mí llegarás?
Se preguntaba ella
entre lágrimas y silencios.
Él estaba más solitario
que un cosmonauta en Plutón,
desolado y sin esperanzas
de volver a sentir
la deliciosa calidez del romance.
Antes, él solía contestar a los amigos
que cuestionaban
su azarosa bohemia:
— ¡Hay más tiempo que vida!,
con una soberbia muy típica
de la juventud.
Y tenía razón en cierta manera,
pero el tiempo es oro,
seas joven o viejo,
y no hay que derrocharlo
en vicios y vanidades.
Sus relojes de arena que
ya casi se vaciaban por completo,
coincidieron en aquella esquina
del universo
y se miraron con los ojos
llenitos de ternura
como dos adolescentes
en su primer amor,
y se fueron conversando
aquella tarde-noche
rumbo a Sunset Park.
Ella le contaba de sus gatos,
cariñosos salvajes,
y él, aferrado de su tibia mano,
sonreía plácido
al escucharla.
El tiempo de correr y huir
había terminado,
creían que juntos
todavía podían ser
relativamente felices,
aunque las gentes
del mundo ordinario,
envidiosas o indiferentes,
como es normal,
opinaban lo contrario;
pero esta vez no dejarían
que nadie robara
sus contadas alegrías.
Comenzaban a encenderse
una a una las farolas
por el ancho bulevar
de arena y mar.
Sonaban a lo lejos
las notas de un violín
dulce y melancólico,
que soplaba una brisa otoñal,
presagiando
aventuras insospechadas
y poemas nuevos.
¡No se diga más!







