El escritor argentino Ernesto Sabato observó que las palabras pueden potenciarse o devaluarse según cambie la realidad a la que están directamente relacionadas.
La palabra «proceso», por ejemplo, tradicionalmente ligada a la simple y odiosa rutina burocrática, se llenó de graves resonancias metafísicas después de que Franz Kafka publicara su célebre novela titulada precisamente así: «El proceso».
En cambio, la palabra «gracia», antiguamente utilizada para nombrar uno de los atributos de la divinidad o lo sagrado, sufrió una alteración inversa, debido sin duda a ciertas prácticas abominables que la iglesia ejerció en determinado período, como el de la Santa Inquisición, y fue así como esa palabra devino en sinónimo de chiste.
En el siglo V antes de Cristo, los griegos descubrieron que la política era la única vía razonable y eficaz para administrar y sobre todo para resolver los problemas públicos, esos que no son ni privados ni espirituales, sino propios de la convivencia en sociedad. Eso fue y debió haber sido siempre la política. Sin embargo, el hecho de que algunos o muchos representantes públicos incurran en vicios, como el del oportunismo y la corrupción, ha convertido a la política en un sinónimo de suciedad o de disfraz y guarida de delincuentes de cuello blanco.
Pero la realidad está más allá de la transformación del significado de las palabras en el transcurso del tiempo. La política es y debe seguir siendo el método civilizado de armonización de la vida social. Lo que hay que rechazar o eliminar de raíz es el oportunismo y la corrupción, no la política.
Puede ser que solo lo que he dicho respecto a la política parezca un mero brindis al sol a una ingenua carta al Niño Dios; pero en los últimos siete años, los salvadoreños hemos descubierto de modo palpable que, si nos lo proponemos y sumamos todo nuestro esfuerzo colectivo, podemos hacer posible lo que nos parecía enteramente imposible.
La ciencia y la técnica, la moral y la religión pueden y deben complementar la tarea de lo político, pero no pueden ni deben sustituirlo. Confundir esas diversas esferas de actividad es muy peligroso, y eso podemos comprobarlo con solo lanzar un vistazo al penoso espectáculo de la decadencia de Occidente.
Tenemos que rescatar y reivindicar la política, dignificarla. Continuar negando su recto sentido es sucumbir al error de creernos condenados de antemano a la anomia social.
Lo que he dicho hasta aquí sobre la política vale exactamente igual para la democracia, que se define en términos muy sencillos como el poder del pueblo expresado en su inmensa mayoría.
En el siglo XIX, pasamos de un sistema monárquico a un sistema oligárquico, es decir, que pasamos del sometimiento del poder de uno solo, del rey, al sometimiento al poder de unos pocos, la élite que concebía el país como una finca de su propiedad y a nosotros, los pobladores, como sus colonos.
Eso, por obra y gracia de un proceso político democrático, es lo que estamos dejando atrás de manera definitiva desde 2019. Es la inmensa mayoría popular la que se ha despertado, se ha levantado y ha echado a andar para construir por sí misma y sin titubeos su propio futuro.
Lo digo siempre y lo repito cada vez con mayor convicción y alegría: este camino ya es irrenunciable. No hay vuelta atrás.







