Con más de 60 años de elaborar velas artesanales, José León García Melgar es un referente en San José Guayabal (Cuscatlán Norte), y a sus 93 años les ha enseñado a sus hijos este oficio que ya trasciende a la segunda generación.
Su edad no le permite desarrollar parte del proceso de producción, sin embargo, su hija, Flor de María García Rivera, de 50 años, ha retomado su legado y mantiene el negocio familiar con la producción de cada pedido que surge.
El artesano contó que por años se dedicó a trabajos agrícolas, y su esposa, quien se dedicaba al oficio le enseñó y lo animó a que se quedara en casa y se dedicaran únicamente a hacer velas, porque ella las hacía y las distribuía, por lo que accedió. Por lo que manifestó que fue lo mejor que pudo hacer.
Comentó que este trabajo tiene un significado importante, pues llegan a altares, fiestas patronales, romerías. Se considera un católico devoto y su fe ha sido un elemento importante para los miles de velas producidas.
«Cada vela también es un acto de fe, está en cada fiesta, ante las imágenes que veneramos, los altares donde se encuentra el Santísimo, que es luz. Todo eso nos da vida porque tenemos fe», expresó el artesano.

Por su parte, Flor de María explicó que se siente orgullosa de su padre y de seguir sus pasos, ya que aprendió cada paso que finaliza en una vela que lleva luz y esperanza dondequiera que se enciende.
«Uno se siente orgulloso porque las velas las hacemos artesanales, con las manos, una tradición que venimos siguiendo de mis papás. En mi caso, continúo tratándolo con él, aunque mi mamá fue la que le enseñó a mi papá y él a nosotros», explicó. Aseguró que ahora puede hacer 1,000 velas diarias.
La elaboración de velas es la forma de generar ingresos económicos para ella y su padre. Producen las tradicionales, las de medianas para velaciones y los cuerpecitos, que son figuras pequeñas que con una vela se presentan para petición o agradecimiento a sus santos o a Jesús sacramentado.
Actualmente, José le ayuda a preparar la mecha, mientras ella hace lo demás, y sus hijos, que trabajan en una fábrica, a veces por las noches colaboran a decorarlas.
Aunque a veces por temporada de fiestas patronales tienen pedidos, buscan crecer para obtener más ingresos, ya que aseguran que en el pasado por muchos años sufrieron la extorsión de pandilleros en cada pueblo que visitaban.
«Vivimos tantas cosas horribles. Nos quitaban cositas de la venta, y teníamos que darles dinero a diario. Mi papá me decía: “¿Y qué vamos a comer?”. A veces eran $200, $300 que dejábamos en cada lugar, y teníamos que volver a prestar para hacer las candelas, por eso agradezco de corazón, porque con la seguridad somos beneficiados al no pagar [extorsión] y eso nos queda para la medicina y las vitaminas de mi papá», expresó Flor.







