No recuerdo haber visto en mi tiempo de vida un momento en que la influencia internacional de nuestro país fuera tan positiva como hoy; pero sí recuerdo cuando hace unos años visité Chile y la referencia de nuestro país eran las pandillas y la violencia.
Como nación se ha logrado enmarcar un referente en materia de seguridad y progreso social, el país más pequeño de América y anteriormente el más violento en la faz de la tierra ahora es visto como un milagro, uno que es posible observar a simple vista sin ser salvadoreño, y experimentado por aquellos que hemos nacido y crecido aquí; esa extraña sensación de tener que adaptarnos lentamente a una realidad en donde no debemos temer al salir de casa y movilizarnos en cualquier parte del país.
Se habla de nosotros en todas partes y también se emulan nuestros sistemas y esfuerzos en el combate y control del crimen, basta con ver cómo este año las visitas de nuestro presidente Nayib Bukele a naciones hermanas, como Argentina y Costa Rica, han marcado la historia reciente de nuestro país, posicionándonos como un modelo a seguir, un país con la disposición y la gente para avanzar juntos.
De igual manera pudimos ver detractores en esas naciones, con un común denominador, zorros disfrazados de ovejas; en la última visita se pudieron ver políticos costarricenses despotricando contra la ayuda brindada por nuestro país al suyo con personal de tropa y víveres, un país que no cuenta con una fuerza armada para apoyar a su Policía en tiempos de crisis humanitaria, en un absurdo equivalente a que necesites agua, te la den y en vez de dar las gracias digas que esa agua solo puede serte dada en un recipiente diferente; sin embargo, el hermano pueblo costarricense no es representado por esos «políticos», y la gran población se sintió agradecida con el apoyo de sus hermanos salvadoreños.
Nuestra nación con una oposición que se niega abandonar el anhelo de vivir parasitando de agendas políticas muertas, de partidos políticos al borde de la extinción y aliados extranjeros vergonzosos y despreciados por sus mismas poblaciones, todos juntos con una característica importante: insignificantes.
Los salvadoreños aprendimos la lección a la mala dejándonos gobernar por mafias tiránicas, pero despertamos y hemos puesto el futuro del país en mejores manos. Como en todo proceso de cambio, existirán errores y piezas defectuosas que deben ser eliminadas del proceso para que funcione de manera óptima.
El salvadoreño aprendió el valor y el poder de su voto, lo usó para tumbar a los partidos gigantes (ahora miserables) y también para volver a poner en el poder a nuestro presidente. Es nuestro deber patriótico defender este camino de enemigos internos y externos, de apagar las brasas que quedaron del pasado y extinguir de la escena política de manera permanente y contundente a las antiguas élites políticas.
Debemos mantener, expandir y defender el espacio para el crecimiento de nuestra nación, y de esta manera encarar los desafíos globales que abarcan lo económico y cultural, para solucionar las problemáticas nacionales desde una óptica más amplia, con alianzas estratégicas y políticas sostenibles en el tiempo. Gran parte de este trabajo ya se logró establecer, pero el camino nunca es sencillo y grandes retos por venir serán cruciales para mostrar la fortaleza y determinación de nuestro pueblo, mantenernos vigilantes y atentos ante las amenazas que surjan.
Ahora los salvadoreños somos dueños de nuestro propio destino, de tomar las decisiones que creamos convenientes para continuar en el camino hacia adelante y más allá, como las bellas letras de nuestro sagrado himno nacional: «Y con fe inquebrantable el camino del progreso se afana en seguir; por llenar su grandioso destino, conquistarse un feliz porvenir», un nuevo amanecer para ver hacia el futuro la ataraxia del horizonte.





