Christian Colón
Filósofo
Cuando se piensa en la vida solo se consideran los grandes logros o legados de la historia, obviando por completo el esfuerzo de cada ser humano; cada persona desde que nace hasta que muere ha tenido sueños, ilusiones y ha tratado de dar lo mejor que pudo (piense en sus familiares o amistades que ya no están en este mundo) y eso es suficiente.
Se debe honrar a cada individuo, sea quien sea, el apellido que tenga o lo que haya realizado. El maestro Geoffrey Ocaya expresó: «El mayor honor que puedes darle a alguien es mostrar respeto por su tiempo».
Cada ser humano tiene estipulado un tiempo y un espacio para vivir, por ende, honrar su vida y su muerte, el tiempo que ofreció, debería ser el más alto de los honores que la sociedad debería poseer.
Deberíamos honrar antes de su muerte a cada persona, al maestro, el panadero, al barrendero, al médico, la enfermera, a la ama de casa, al líder religioso, al escritor, al músico, a la estilista, al vendedor, al anciano, al enfermo, a quien toda su vida luchó por vivir en una cama o silla de ruedas; todos son meritorios de ser honrados y así irse de este mundo con una sonrisa y lágrima en la mejilla.
Por ningún motivo se debe pensar que esto es demasiado idealista; al contrario, tendría que ser la mayor realidad de la vida de toda sociedad, que, por una vez en la vida, a cada persona le sea dada una mano de respeto y agradecerle por su vida y su servicio.
¿Se pueden imaginar la mirada cristalina de alegría de un ser humano a quien se le agradece por su vida? No hay vidas más grandes que otras, solo circunstancias distintas. Ahora bien, tal como expuso el maestro Thomas More: «La habilidad sin honor es inútil».
Darle honor a quien honor merece implica a todo ser humano que ha amado, reído, luchado, llorado, servido, sacrificado por su gente; por tanto, ojalá naciera una cultura en nuestra casa común de honrar a todos, aunque sea una vez en su vida.
Eso sí nos haría verdaderos ciudadanos de primer mundo, por el legado cultural que se estaría instaurando y ofreciendo a los demás pueblos como ejemplo.
Se necesita empezar a reevaluar la idea de honra que se tiene socialmente hablando, de darle este mérito solo a los destacados según los estándares sociales; ¿pero acaso no nos damos cuenta de lo grande que fue cada familiar para su gente?
Cuando se entierra a un ser querido, para la gente en el cementerio están dejando ir al mejor ser humano que pudo haber sobre la faz de la tierra; ese sentimiento de honor familiar debe regarse a cada ser humano de nuestra sociedad. Esta nueva cultura de la honra que se propone no debe verse como algo de simple palabrerío, al contrario, ha de ser la máxima que cada conglomerado social debería poseer.
Cuando pienso en todas las cosas que he logrado, lo realizado, no puedo pretender que lo mío es mayor a lo de la vendedora o dependiente de una cafetería o restaurante; igual de esfuerzo da cada uno, y sobre todo lo que aporta cada ser es de suma importancia para el mantenimiento social y con ello estructural.
Proverbios 18:12 expone: «Al fracaso lo precede la soberbia humana; a los honores los precede la humildad».
Ojalá nos vayamos desnudando del individualismo y del sectarismo familiar y comencemos a servir, amar y honrar a cada persona de nuestra sociedad, por lo que es, lo que fue y el recuerdo de su servicio.
Si Dios siendo todo es capaz de honrar al ser humano humilde, cuanto más nosotros, insignificantes a su lado, deberíamos honrar y ayudar a cada individuo.
Comencemos una cultura de la honra y desechemos la cultura del individualismo y el desprecio por quien no es de nuestra estirpe. Honremos la vida viviéndola intensamente y honrando enérgicamente a todo ser humano por el tiempo que ofreció a este mundo.





