He aprendido en la vida que nada es lo que parece, primer axioma que todos deberíamos entender y aplicar. Algunos se creen estratégicos, no lo son. Usar la palabra «estrategia» no es sinónimo de inteligencia o sabiduría.
Muchos se dejan ir a la primera. Permiten que cualquiera ensucie su mente, su juicio, creen en cosas que les dicen o parecen reales y terminan dando por verdad cosas que no lo son. Y, precisamente, en política, es donde más se suben los artistas del desorden, de la mentira. Hablo de la política en general, no de la partidaria.
Estamos por ingresar a 2026. Un año interesante, pero desafiante. ¿Qué pasa ahora y qué pasará en El Salvador en el año próximo? Ahí el detalle de la respuesta.
A dos meses de finalizar 2025, lo que tenemos es una lista de buenas noticias del país y las que nos ofrece el bloque editorial y su oposición «periodística», dependiendo de la línea editorial a la que está supeditada, y sabiendo que el año próximo es preelectoral.
Veamos. ¿Qué pasa en el Pulgarcito de América?
En un mundo convulso, de guerras geopolíticas y comerciales, El Salvador avanza. Las proyecciones de crecimiento económico varían entre 2.4 % y 3 %, según los organismos financieros internacionales.
Los planes de mayor recaudación fiscal son un éxito. Los ingresos tributarios crecieron un 8.6 % entre enero y septiembre luego de superar los $6,148.5 millones. El último informe señala que los ingresos tributarios superaron en $487.7 millones en comparación con los resultados de igual período de 2024.
Eso significa que el país mantiene la ruta de crecimiento. Es fácil decir que es poco. Claro, cuando lo que se busca es denigrar el trabajo de un Gobierno y no dar crédito a las acciones que permiten que siga en la senda positiva.
Uno de los medios escritos aceptó que se avanza en la vía del crecimiento. Claro, lo adornó con su línea editorial, pero al menos reconoce que el camino es el correcto: «La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) anunció que espera que el crecimiento económico de El Salvador para el cierre del año sea de 2.8 %, un poco arriba del 2.4 % anunciado previamente. El Banco Mundial (BM) también ha corregido al alza la proyección de crecimiento del país», dejó por escrito.
En todo esto, obviamente, hay mucho por mejorar, por corregir como país, y no exclusivamente por acciones o decisiones de Gobierno, sino también empresariales.
Un punto indiscutible es que ahora todos se enfocan en la economía, no en la seguridad. Les pregunto ¿por qué? Es fácil responder. Durante décadas, todas las encuestas reflejaban que la inseguridad era la principal preocupación de los salvadoreños.
En 2016, el país desembolsó más de $50 millones supuestamente para la seguridad. ¿La tuvo? Recuerdan que el Gobierno del FMLN cobró un impuesto de «seguridad» que le dejó $57.5 millones? De nuevo, ¿la tuvo? Ese impuesto fue justificado porque las maras y pandillas estaban ganando la guerra.
¿Qué pasó con esos millones de dólares que tanto perseguían organizaciones no gubernamentales de señales conocidas y religiosos que se sentaban en la mesa ampliada en casa presidencial dirigida por el FMLN en el «dichoso» consejo de seguridad? El control territorial quedó en manos de los asesinos del pueblo.
Seguramente, algunos recuerdan que de esos millones que pagamos todos los ciudadanos, $37 millones eran para «combatir y vencer» a los grupos criminales conformados por maras y pandillas. Todo fue robado.
De ese dinero, dijeron, se reforzarían los presupuestos de la Fiscalía, del Ministerio de la Defensa y de Seguridad y Justicia, de Educación, entre otros, para tener la victoria total contra el crimen. ¿Se obtuvo? Claramente que no.
Las cifras bestiales de asesinatos, desapariciones, secuestros, extorsiones y robos restriegan en la cara que esos millones de dólares no fueron usados para lo expuesto públicamente, sino para enriquecer las vidas de los que manejaban las cosas del país.
Maestros respetables han reconocido que, en los gobiernos areneros y efemelenistas, fueron obligados a matricular pandilleros y mareros, so pena de perder la vida. Entonces, el dinero recaudado del impuesto de seguridad nunca llegó a su destino.
Entonces ¿qué fue de los millones de dólares adicionales que les cobraron a los ciudadanos para la supuesta seguridad? 2015 da la respuesta: El Salvador fue el país más violento del mundo con una tasa de homicidios que superó 103 por cada 100,000 habitantes.
Ahora bien. ¿Tiene seguridad real el país? Desde que Nayib Bukele asumió la presidencia, la vida cambió para El Salvador. Y cambió para bien.
Se entiende entonces por qué ya nadie habla de inseguridad, por qué la gente camina libremente, sin miedo, en cualquier calle, avenida o vía del país. Se entiende por qué las familias se preparan para las graduaciones de sus hijos, para las fiestas navideñas y de fin de año, sin siquiera reparar que viven en un país totalmente seguro.
Es ahora que todo se centra en otros asuntos. Comprensible. Pero las buenas noticias no paran en esos temas.
El Salvador avanza. El crecimiento económico sigue, paso a paso. El desarrollo del país es tangible. Los sueños de una patria mejor son ahora una realidad.
Y en todo esto, las acciones que toma el presidente Bukele son acertadas, verdaderamente estratégicas, porque su pensar siempre está en favor de su pueblo.
La lista de deseos buenos para finalizar el año ahora tiene la opción de hacerse realidad anticipadamente. Porque entregar y permitir que los salvadoreños tengan el aguinaldo con tiempo es una acción estratégica, inteligente que ayuda no solo a las familias, sino también al país entero.
2026 será mucho mejor.
La lista de deseos perversos, de los opositores, seguirá en la cola de espera, como placa de furgón, hasta atrás.






