Uno de los mejores reconocimientos que un gobierno puede dar a la clase trabajadora es garantizar que sus derechos fundamentales estén asegurados y que reciba un salario justo por una jornada laboral.
Desde este punto de vista, el Gobierno del presidente Nayib Bukele cumplió garantizando lo más básico para una persona, y eso es el derecho a la vida a la seguridad y a la integridad, algo de lo que carecía la sociedad. Gracias al Plan Control Territorial y al régimen de excepción, los salvadoreños ahora pueden vivir en tranquilidad, alejados del terrorismo impuesto por las pandillas que tanto ARENA como el FMLN habían asolapado durante décadas.
Esta semana también escuchamos nuevas iniciativas del Gobierno del presidente Bukele para garantizar mejores condiciones para los trabajadores.
La principal fue el aumento del 12 % del salario mínimo, con lo cual llegará al 34.4 % de aumento respecto al salario mínimo que se heredó de los gobiernos del FMLN y de ARENA.
Además, en la Asamblea Legislativa se aprobó otra iniciativa del Gobierno para exonerar del pago del impuesto sobre la renta a los salarios de hasta $550, garantizando de esa forma que el aumento al salario mínimo llegue íntegro a las más de 100,000 familias beneficiadas.
Ayer, durante las marchas en conmemoración del Día Internacional del Trabajo, pudimos escuchar a diversos grupos enarbolar variopintas banderas reivindicativas, todas caracterizadas por ser negativas.
Se escucharon consignas en contra del aumento del 12 % del salario mínimo. También estuvo presente el rechazo a la minería y se opusieron al envío de pandilleros a las prisiones, uno de los pilares de la estrategia que convirtió a El Salvador en el país más seguro del hemisferio occidental.
Como en otras ocasiones, la baja afluencia de manifestantes fue justificada con «los múltiples retenes» siendo el más grande de ellos, según el líder opositor Ronal Umaña, ¡el de Los Chorros!: «¡Cerraron las dos carreteras con una montaña caída!», acusó el veterano político.
En todo caso, dijo, las marchas, aún con lo raquíticas que estuvieron, fueron un éxito, porque la gente llegó «a pesar de estar en dictadura».
Lo cierto es que, fantasías aparte, las marchas se desarrollaron según lo que los organizadores quisieron y jamás hubo una intervención policial para impedirlas, mucho menos represión a manifestantes, como sí sucedió en París, por ejemplo.
Hubo pleno respeto a la libertad de expresión de todos y, gracias al Plan Control Territorial y al régimen de excepción, hay completa libertad de tránsito, sin pandilleros coartando el movimiento de los ciudadanos.






