Yanira Soundy es una apasionada de las letras y se tomó el tiempo para compilar los escritos de tres autores inspirados en la Navidad: Salarrué, David Escobar Galindo y Rubén Darío (Nicaragua).
Ella también se escribió sobre la Navidad desde la emoción de ser madre y ver cómo disfrutaba una de sus hijas la época de diciembre, el árbol navideño, el nacimiento.
Compartió que Salarrué escribió un ensayo a Claudia Lars en 1963 donde hace «una interpretación desde la perspectiva de la teosofía y de la alquimia de la Navidad». El ensayo se publicó en la edición N.o 30 de la revista Cultura que dirigía Lars.
De Escobar Galindo compartió el poema «Navidad entre nieve y sol»; de Darío está el poema «Los tres Reyes Magos» y de ella «Tu primera Navidad». A continuación, se comparten los escritos.
Admirable y amada Claudia:
Pastora de bien cuidadas páginas, tu petición —que al principio me pareció tan fácil y sencilla— hoy me resulta muy difícil de satisfacer.
Tu revista amerita verdaderas obras de arte. No puedo —ni sé por qué— escribir algo como lo que tú esperas sobre la Navidad. Mi cuento de Navidad fue escrito hace algún tiempo. Puede encontrarse en mi libro Eso y más. Bien sabes que se titula “El niño diablo” y que gustó tanto a nuestro amado Jinarajadasa, que lo tradujo al inglés y lo publicó en la India.
No obstante, me puse —con la persistencia de una araña— a tender hilos de esperanza de un rincón a otro, en una claraboya de la mente, tratando de construir una irisada tela en forma de sol o de estrella. No pude coger más que descoloridas mariposillas y alguna chispeante gota de rocío o de lluvia, que miente un diamante. Ideas incongruentes, extrañas, vinieron aleteando, sin que con algunas de ellas o con todas juntas, lograra escribir algo verdaderamente inteligente.
He pensado mucho sobre la poca importancia que se ha concedido a la fiesta de Navidad, como significado de una verdad cosmogónica. He visto con claridad que la Virgen, de pura que es —como la estrella de Darío— también está desnuda. Me he dado cuenta de que brilla así… y se parece a Venus… ¿Si serán las dos, una y la misma? Entonces, viene a mi memoria aquella invocación de las letanías: ¡Stella matutina! Y la veo como a la Noche, cubierta con un manto azul, estrellado, pero transparente, que la deja siempre desnuda. He contemplado al arcángel Gabriel como simbolizando el Alba, con la estrella de la mañana en la diestra de dedos temblorosos, anunciándole a la Noche el nacimiento del Sol ¿No parecen los Reyes Magos los otros tres rumbos del Espacio, trayendo su oro, su mirra y su incienso? ¿O serán ellos, viéndolo de otro modo, las tres razas raíces de la humanidad: la lémur, la atlántida y la aria —Melchor, Gaspar y Baltasar—? ¿No es la virgen, además, la Rosa Mística? ¡Una rosa de galaxias en el infinito Espacio-Tiempo!
Nuestra particular filosofía, amiga Claudia, nos habla de la Materia-Virgen; de la materia informe que gesta lentamente La Forma, es decir, El Hijo. Toda forma es el segundo aspecto de la Divinidad y, por lo tanto, es el Verbo, la palabra, la vibración o sonido creador… ¡Qué confuso es todo esto!, ¿verdad?… ¡Pero qué sugerente!…
No sé si recordarás unos versos de tu admirado Francis Thompson, que dicen:
All things by inmortal power
near or far,
hiddenly
to each other linked are,
that thou canst not stir a flower
without troubling a star.
Versos que llegué a traducir bastante bien —dicho sin modestia— como tú verás, respetando hasta la rima:
Toda cosa hecha en el mundo
por arte de la divina mano,
encierra un sentido profundo.
De una cadena misteriosa
es eslabón la cosa aquella…
No es posible cortar la rosa
sin el tormento de la estrella.
Luego veo el Sol —unidad de toda forma en nuestro sistema planetario— llegar a la cruz del véspero, donde es clavado y se desangra. El sepulcro es el Nadir, y después viene la resurrección y el medio día.
No es tan extraño pensar que el pesebre —o el establo, si se prefiere— es el mundo donde se refugian y pastan todas las bestias, de los hombres para abajo. Sobre ese pesebre nació el Astro-Rey.
¿Y el Espíritu Santo? ¿No concibió María por obra y gracia del Espíritu Santo? Por obra y gracia de ella misma —digo yo reflexionando— puesto que el Espíritu Santo, siendo el tercer aspecto o la tercera persona de la Divinidad es, por fuerza, el Dios-Madre. ¡Dios Padre, Dios Hijo y Dios Madre!… Dios-Madre: lo que sabemos llamar nosotros —tú y yo— El Fuego Creador, el fuego por fricción, así como el Hijo es el fuego solar y el Padre el fuego eléctrico.
El Espíritu Santo —Dios Madre— es Arriba, lo que la Virgen María es Abajo. Por lo tanto, hay entre ellos sincronía inevitable.
Sabemos —tú y yo— que el Espíritu Santo se halla en el hombre en la base de la columna vertebral —el Kundalini de los orientales— y en medida que despierta y se eleva hasta el cráneo el hombre se hace más inteligente, más humano, más espiritual, hasta llegar a la iluminación, a la santidad. Este fuego serpentino es, en cierto modo, la vitalidad, la Vida y el Espíritu Santo.
Pensando así, regreso a las letanías cristianas y oigo llamar a la Virgen: Turris Eburnea —Torre de Marfil— una bella forma de obligarnos a pensar en la columna vertebral.
No, amiga mía, renuncio al esfuerzo de escribir algo claro y conciso sobre el Misterio de la Navidad. Lo mejor que puedo hacer es ofrecerte estas reflexiones desmadejadas.
Tienes que saber comprender y dispensar. Otra vez, si la vida o la muerte lo permiten, diré lo que pides, lo que quieres escuchar y comprender.
Te besa la frente,
Salarrué
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Navidad entre nieve y sol
Por David Escobar Galindo
– La Navidad con nieve vuela como algodón.
– La mía tiene orquídeas en los rayos del sol.
– ¡Yo digo la que enciende sus leños de color!
– ¡La mía, Pirulina, es un fuego mayor!
– Mi Navidad se llena de ¡estrellas de turrón!
– ¡La mía de azahares y cohetillos de amor!
– Hay aquí un angelito de nieve en el balcón.
– Yo tengo un nacimiento con viejitos en flor.
– Alguien deja una cartade escarcha en el buzón.
– ¿Pero tú, cuál prefieres? ¿Qué Navidad te doy?
– ¿Te lo digo en secreto? (La del país del sol)
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Los tres Reyes Magos
Por Rubén Darío
– Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso. Vengo a decir: La vida es pura y bella. Existe Dios. El amor es inmenso. ¡Todo lo sé por la divina Estrella!
– Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo. Existe Dios. Él es la luz del día. La blanca flor tiene sus pies en lodo. ¡Y en el placer hay la melancolía!
– Yo soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro que existe Dios. Él es el grande y fuerte. Todo lo sé por el lucero puro que brilla en la diadema de la muerte.
– Gaspar, Melchor y Baltasar, callaos. Triunfa el amor y a su fiesta os convida. Cristo resurge, hace la luz del caos y tiene la corona de la vida.
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Tu primera Navidad
Por Yanira Soundy
A esa niña del mar, que dibuja gaviotas de espuma entre sus sueños.
Las estrellas han bajado al agua, sobre flores de oro para buscarte. Donde la arena tiene rosas, y por conchitas, jazmines.
Ha llegado tu primera Navidad y con ella el milagro de verte abrir las ventanas de tus ojos a un mundo imaginario, con la gracia de tu sonrisa hecha flor.
Pones la dorada luna del río, pinos y rocas, y el gallo madrugador. Haces paisajes con el cielo, plateados golfos, arrecifes y los aires más esbeltos.
Llenas de celeste la seda de tu pecho y tus ojos pardos son aún más pensativos.
Tomas entre tus manos muñequitos de barro, que yo te ayudo a colocar entre plantitas y pequeños caracoles.
Hay un plácido silencio y el árbol de Navidad te sorprende con sus luces de colores.
Un río inmóvil desemboca a un lago de espejo, una monjita pasa junto a un guardia, un cura frente a una iglesia; Melchor, Gaspar y Baltasar trotan en sus camellos hasta donde se encuentra el Niño Jesús.
Más allá, están las montañas de papel, los campos de serrín, los pinos de cerda, casitas de cartón y ranchos de paja, donde los habitantes son más altos que sus casas.
Vienen José y María llamando a la puerta para pedirte posada. Él, con un sombrerito de palma cubriéndose apenas la cabeza. Ella, virgen, simple, como una flor de campo, pero con un halo divino.
Todo es fulgor y las velitas arden en fuegos amarillos.
Te acuestas y haces lo imposible por permanecer despierta en espera del Niño Dios, pero el sueño pone venda a tus ojos, y un rinconcito se ilumina por una estrella de papel frente a tu cuna.
Al amanecer, allí está la señal que tanto esperaste: una muñequita de tela, un chinchín de música, unas campanitas de colores. El Niño Dios vino a verte y puso un estuche de pétalos sobre tu corazón. (Del libro «Sílabas celestes», primera edición, 1999)







