Esta época del año suele evocar recuerdos de nuestra infancia; más allá del mero hecho de estar de vacaciones del año escolar, de haber pasado en limpio de grado, es el haber podido compartir esos memorables momentos con nuestros seres queridos.
En esta oportunidad me permitiré compartir con los lectores de este prestigioso medio cómo viví la Navidad hace 30 años. El 24 de diciembre de 1995, yo tenía seis años. Recuerdo claramente que había esperado esa fecha durante días, con la impaciencia y la ansiedad propias de la infancia. Eran como las 3:00 de la tarde mientras esperaba, en la zona del estadio Cuscatlán, la ruta 27 junto con mi padre. Íbamos hacia la terminal de occidente para luego tomar el autobús de la ruta 201. En aquel entonces, el pasaje costaba cinco colones los días de semana y seis colones los fines de semana (aproximadamente $0.60 para los lectores más jóvenes). El destino era la ciudad de Santa Ana, donde pasaríamos la Navidad con mi abuela, mis tíos y mis primos.
Ese día estrenaba unos zapatos Caterpillar. Eran pesados, rígidos, un poco incómodos para un niño de mi edad. Recuerdo que en algún momento me quejé durante el trayecto; sin embargo, mi padre estaba ahí y me dio aliento para que aguantara un poco más. Él con su esfuerzo me los había comprado.
Esa noche, ya en Santa Ana, luego de degustar una suculenta cena, reventamos cohetes con mis primos. Los había comprado mi abuela, como cada año lo hacía. El ruido, el humo y la risa llenaron la cuadra hasta tarde, como si la noche no tuviera apuro.
Pasé esa noche en el barrio San Lorenzo, de la histórica ciudad de Santa Ana. A la mañana siguiente, luego de haber tomado un baño usando un paste vegetal como esponja (de esos que hoy día casi no se ven) y de haber desayunado recalentado como es costumbre durante esos días, mi padre y yo nos fuimos caminando hasta el extinto cine Novedades. Me llevó a ver «Toy Story». Para mí, más que solo ver una película en el cine, fue uno de los mejores recuerdos que hasta el día de hoy atesoro, conservo con gratitud y comparto con ustedes. Para mi padre quizá solo fue una mañana más acompañando a su hijo.
Hoy, casi 30 años después, el cine Novedades ya no existe, pasó a ser un estacionamiento privado, las rutas cambiaron y la ciudad es otra; pero el recuerdo de la Navidad y de ese 24 de diciembre de 1995 sigue ahí, intacto, puntual, esperándome cada vez que la memoria decide volver.
En el actual El Salvador, a diferencia de hace 30 años, se respira un aire distinto a cualquier otro que se haya vivido, se percibe un aliento esperanzador y un clima de seguridad que, estoy seguro, permitirá que nuestros niños y las personas que visitan nuestro país en esta temporada construyan recuerdos memorables, como el que me he permitido narrar a través de los párrafos anteriores.
Tal atmósfera nos permite poner nuestra mirada en lo que realmente se conmemora en estas fechas, que es el nacimiento de Jesús, el Salvador del mundo, y nos invita a permitir que Él nazca también en nuestros corazones.
A quienes encuentran en la lectura un espacio de reflexión, mis mejores deseos en estas fiestas navideñas y un próspero año nuevo de parte de este servidor.






