Palestina era un territorio controlado por las tropas del imperio romano, pero el pueblo judío, que se resistía a la opresión de ese imperio de diversas formas, esperaba el momento adecuado para revelarse, y por eso ansiaba el nacimiento de un líder que lo condujera en esa lucha. Este era un sueño mesiánico, muy adecuado a su pensamiento religioso y político.
En la época en la que más o menos se piensa que nació Jesús, una parte de los judíos estaba organizada en grupos armados, que era una especie de guerrilla llamada Zelotes, que esperaba también a un conductor.
Esto construyó un escenario político muy tenso en los momentos de este esperado nacimiento. Herodes, el rey judío títere de Roma, noticiado sobre el nacimiento de un mesías, tomó dos disposiciones: hacer un censo de población que Roma hacía para cubrir múltiples necesidades estatales, y matar a todo recién nacido. Esta drástica medida buscaba impedir que el pueblo resistente contara con un conductor que lo dirigiera en su lucha contra el imperio romano.
Este es un escenario histórico, pero también religioso, que nos indica que el nacimiento de Jesús se inscribe en un mundo de opresores y oprimidos, de fuertes y débiles, de fuerzas ocupantes y de país ocupado. Quien estaba naciendo en ese momento fue, desde un principio, esperado por unos y combatido por otros, considerado amigo por unos y enemigo por otros. Este personaje nació en un mundo dividido y confrontado. Y posteriormente tuvo que tomar bando, y lo hizo de manera franca y total cuando expresó que «es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los cielos». O cuando dijo: «Los que piensan que soy mensajero de paz se equivocan, soy espada».
Los poderosos de la época, los miembros judíos del Sanedrín y los ocupantes romanos, finalmente lo crucificaron y mataron en Jerusalén.
Estos acontecimientos pasaron desapercibidos para Tiberio, el emperador romano de la época, así como pasó inadvertido este nacimiento, al que nos hemos referido, para el emperador Octavio. Mucho tiempo después, cuando el imperio romano entró en una aguda decadencia y los emperadores de la época ya no eran de la península itálica, sino hispanos, tal como ocurrió con Constantino, que era, sin duda, un hombre muy inteligente y muy audaz, capaz de buscar y encontrar una salida ante el derrumbe de su imperio. Este emperador se dio cuenta de que los cristianos eran grupos férreamente organizados que habían sido capaces de resistir todas las matanzas y represiones a las que habían sido sometidos, que dominaban la clandestinidad y actuando en catacumbas aseguraban la solidaridad entre los miembros de su organización. Su fe les permitía superar las amenazas y los peligros. Constantino se dio cuenta de que el imperio necesitaba un conjunto de ideas o ideologías de ese tipo, que reforzara y sostuviera al imperio por muchos siglos más.
Este hombre audaz empezó por hacerse cristiano e hizo del cristianismo la religión oficial del imperio romano. Esto hizo que los cristianos pasaran de ser perseguidos y martirizados a ser la base ideológica del imperio. Al mismo tiempo que el cristianismo daba este salto imperial, nació la Iglesia católica. Si esa era la religión de Roma tenía que ser la religión de todo el mundo (católica) y Roma proporcionó a esta iglesia toda su estructura administrativa, y esta iglesia pasó a ser parte del Estado romano.
Con estas decisiones políticas se puede pensar que aquel cristianismo popular, clandestino, solidario y perseguido estaba siendo sustituido por otro cristianismo estatal que dejaba de ser cristianismo y se convertía en cristiandad, cambiando sus valores, su relación con los poderes y con las personas.
Para Roma fue importante saber quiénes eran los profetas de estas religiones. El carpintero de Nazaret tuvo que ser transformado en rey, algo parecido a lo que ocurrió muchos siglos después con Juan Diego, el campesino mexicano que se encontró con la Virgen de Guadalupe en México, que también tuvo que ser transformado en príncipe.
Para Roma fue importante saber cuándo nació este profeta, y como nadie tenía ni tiene datos exactos sobre este tema, Roma adaptó, según se sabe hasta ahora, una fiesta que ellos celebraban tradicionalmente y que llamaban fiestas saturnales, dedicadas a las cosechas y a la agricultura. Y todo estaba relacionado con la vida y la economía de las personas. Situaron en ese escenario el nacimiento de Jesús, o la natividad o Navidad. Los romanos, no hay que olvidar, tenían un fuerte sentido práctico que se expresaba en todas las actividades que ellos acometían. De este modo, ubicaron el nacimiento de Jesús al final del año.
Con el paso de los siglos, esta fiesta se traslada a otros pueblos: a los hispanos, los cuales, al invadirnos a nosotros, a partir de 1492, instalaron la costumbre de celebrar la Navidad al final del año y con otros componentes, con un árbol, con nieve, con ganados y pastores, en fin, con una representación de ese nacimiento histórico.
El mercado, por su parte, instaló el reino de las mercancías de los juguetes también para esa época, y de algún lugar aparece la figura de un Santa Claus al servicio de este mercado, hasta llegar a nuestros tiempos, en donde la figura de un mesías esperado por el pueblo, como se espera a un libertador, es sustituida por un océano de compraventas y mercancías de todo tipo. La figura del que nace en ese escenario histórico es dominada y sustituida por la vigorosa figura de un todopoderoso mercado que domina la Navidad, y todo mensaje liberador es reemplazado por la compraventa cotidiana de la época.
Todos los años que terminan son, al mismo tiempo, un resumen de este y unas esperanzas para el año que viene. Y los seres humanos de todo el planeta necesitamos afrontar con confianza, aunque con perplejidad, los acontecimientos nacionales e internacionales de los que somos parte, aun cuando no nos percatemos de ello. Por eso, todo año que termina y todo año que comienza es un nacimiento de nuevos problemas y de nuevas soluciones y la confluencia de estos factores, así como la conciencia que tengamos de ello, es lo que le da sentido a nuestra vida.





