El pasado 16 de marzo se conoció la llegada de un contingente de delincuentes pertenecientes al denominado Tren de Aragua. Este grupo nace, según investigaciones, promovido por Héctor «el Niño» Guerrero y otras dos personas, en 2014. Estos fueron encarcelados en la prisión de Tocorón, estado de Aragua.
Para 2017 el Tren de Aragua comenzó a ser reconocido como una megabanda, categoría que la prensa venezolana utiliza para referirse a grandes grupos del crimen organizado. El término surgió para destacar el tamaño de algunas pandillas callejeras, algo sin precedentes en Venezuela en ese momento, pues para entonces se destacaba el tema de los narcotraficantes, incluidos altos personeros de la dirigencia del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), y los delincuentes de baja gama conocidos como «malandros».
Desde sus inicios, la pandilla en mención se dedicó a la extorsión, narcomenudeo, hasta llegar a convertirse en un brazo armado al servicio de la dictadura de Maduro, los llamados «motorizados», quienes sin portar uniformes usan armas de grueso calibre y han sido utilizados para reprimir a los verdaderos opositores de la dictadura. Solo hay que ver cuando ha habido masivas concentraciones en contra de la dictadura de Maduro, estos son quienes —contando con el apoyo de la Guardia Bolivariana de Venezuela— han generado terror entre la oposición. Es obvio analizar que ese Gobierno buscaría los mecanismos de acercamiento por la vía diplomática para llevarlos de nuevo a Venezuela; en otras palabras, son afines al régimen de Maduro.
La participación de El Salvador comienza a partir de un acuerdo con el Gobierno del presidente Donald Trump, producto de la negociación con el mandatario salvadoreño se acuerda la aceptación de delincuentes del Tren de Aragua para recluirlos en la megacárcel conocida como Cecot, que es de la más alta seguridad reconocida a escala mundial. Obviamente los opositores lanzan su narrativa: que nuestro país estaba cediendo su soberanía al «imperio norteamericano».
El presidente Bukele, contrario a lo que afirma su par venezolano, ha mantenido a El Salvador como un país enrumbado en las vías del desarrollo, lejos de aquella mala concepción que tenía de ser el más peligroso del mundo, ahora convertido en el país más seguro del hemisferio occidental.
Según datos de organismos observadores de indicadores criminológicos, Venezuela ostenta el deshonroso lugar de tener en su haber una tasa de 26.8 homicidios por cada 100,000 habitantes; sigue siendo un país con alta tasa de homicidios, a pesar de su estrategia denominada «cuadrantes de la paz»; resulta interesante: dos entidades federales —como son Distrito Capital y Miranda— han llegado a reportar muertes violentas superiores a las 40 por cada 100,000 habitantes.
Nótese las diferencias abismales entre un dictador en Venezuela y un presidente constitucional, electo por cerca de tres millones de votantes, una votación histórica y única en su género. De allí las narrativas de los opositores, que como «pájaros tísicos» repiten el libreto de su jefe en Venezuela; y es la misma agenda para todos: noticias tergiversadas de que los miembros del Tren de Aragua fueron tratados al estilo de un campo de concentración, pasando por agresiones con perdigones. Pero se pudo evidenciar que no iban rapados, estaban barbados, y se conoció que uno de ellos aborda el avión por sus medios, pero al llegar a Venezuela lo hace en silla de ruedas; un show de lo más «bajero», pero así son los comunistas, repiten una mentira 100 veces para hacer creer que es verdad.
En El Salvador ya los conocemos, y esa es la razón por la cual el FMLN perdió toda credibilidad, y seguro que jamás volverán al poder por sus nexos y negociaciones con las pandillas.





