Las autoridades de Seguridad Pública superan las 90,000 capturas, amparadas en las medidas legales incluidas en el régimen de excepción. Desde el 27 de marzo de 2022 hasta el 18 de noviembre pasado, 90,301 miembros y colaboradores de las pandillas han sido detenidos.
Este acto es la prueba del más alto compromiso del Gobierno del presidente Nayib Bukele con la seguridad, paz y tranquilidad del pueblo salvadoreño. Nunca antes El Salvador vivió un período más pacífico que el que ha conquistado el Gobierno al desarticular a las maras, los grupos criminales que habían puesto de rodillas a toda la sociedad y que hacían lo que querían con los más humildes porque tenían la protección de los viejos políticos corruptos.
Este gran número de detenciones también perfilan el tamaño del problema de seguridad que El Salvador enfrentaba. Las pandillas permearon grandes sectores de la población y mucha gente hizo de la criminalidad su forma de vida, sin importarles que hacían sufrir a otros, a quienes sometían a abusos, violencia y al asesinato si no cumplían sus demandas.
No es —como dicen algunos activistas de las pandillas— una muestra de «los atropellos de la dictadura». Durante el régimen de excepción, a estos 90,301 detenidos se les decomisaron 5,125 armas de fuego de diferente calibre (desde pistolas, revólveres, fusiles, ametralladoras, escopetas, carabinas y hasta granadas), además de 11,771 vehículos comprados con el dinero de la extorsión y la venta de drogas y armas.
También se les incautaron 23,725 celulares. Y todos sabemos que esos teléfonos eran la herramienta que usaban los pandilleros para extorsionar a familias, pequeños negocios, empresas, talleres y vendedores.
Asimismo, durante el régimen de excepción se han decomisado $1.3 millones en drogas, listas para distribuirlas.
El Salvador ahora es más seguro, porque todos esos criminales ya no están en las calles y tampoco esas armas ni esas drogas. Por eso, cuando voceros de la oposición salen a decir que el régimen de excepción debe ser desmontado porque «genera miedo», se debe reflexionar en nombre de quién están hablando.
Los jóvenes pueden andar libremente en las calles, a cualquier hora del día o de la noche, sin el temor de que un marero les quite la vida. Los únicos que tienen miedo son los criminales, porque saben que se acabó la impunidad y la Policía, con el apoyo del Ejército, los detendrá rápidamente.






