Un fuerte viento atravesó la aldea el sábado, esparciendo polvo y cenizas procedente de las colinas circundantes, donde aún ardían incendios y brasas humeantes.
El suelo temblaba mientras helicópteros y aviones cisterna sobrevolaban a baja altitud el terreno escarpado lanzando agua sobre los focos restantes y recogiendo nuevamente agua del mar.
Horas antes más de 200 bomberos luchaban para evitar que el fuego, que estalló en la región rural de Keratea, a unos 43 kilómetros al sureste de Atenas, amenazara los complejos costeros en la costa de Ática.
En una casa calcinada residentes con mascarillas regresaban para recuperar los pocos objetos que sobrevivieron al infierno.
Una mujer abatida llamada Dimitria tuvo más suerte. Las llamas respetaron su hogar, pero arrasaron el bosque más cercano, dejando un terreno desolado de árboles quemados y cenizas.
«Desde anoche hubo muy pocos refuerzos de los bomberos», lamenta, describiendo cómo la ayuda llegó cuando el incendio avanzado amenazaba «muchas casas» cerca del bosque.
«La mía está bien pero mi bosque se quemó. Y eso duele», añade con voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas mientras se aleja para inspeccionar los daños.
Los bomberos, con mangueras en mano, recorren un pequeño bosque para apagar brasas y evitar que se reaviven, mientras ramitas quemadas y escombros crujen bajo sus botas.







