Como la música, los olores, colores y también los sabores se quedan en la mente y en el alma para recordarnos momentos a los que queremos regresar por la felicidad que hubo, y personas que ya no están pero que llevamos en el corazón.
En el barrio Santa Anita, en San Salvador, hay un lugar que cumple por completo con dicha descripción. Desde una esquina, por 40 años, la Chilatería Mamá Nena ha sido un espacio en el que el tiempo se ha detenido para regalar un deleite al paladar y a los corazones.
Este lugar se ha convertido en un rincón entrañable, de nostalgia, de continua alegría y sabor. Su fama viene de los sabores dulces y de platillos típicos que no se comparan a los de ningún otro sitio.
Esa esquina, desde la que mamá Nena cocinaba para sacar adelante a su familia, también se convirtió en una cocina que atesora grandes recetas de tradicionales preparaciones de dulces típicos, pero también inventando y creando nuevos.

UNA HERENCIA DE PANELA
María Magdalena González este 28 de mayo cumplió 80 años. La mitad de ellos han transcurrido en ir y venir de su casa a la chilatería en Santa Anita. En su negocio ha mantenido las mesas con los «pyrex» rebalsando de jocotes, plátanos, camote, mangos, papaya, coco, manzanilla, chilacayote, nuégados de masa, huevo y masa, todo ahogado deliciosamente en la miel espesa de panela.
También ha creado nuevos sabores con el marañón en conserva, mango verde, piña, melocotones, higos y toda la fruta a la que le encuentre la clave para endulzar. Los platillos típicos salados tampoco faltan, desde los pastelitos, las papas fritas y en Semana Santa las tortas de pescado seco y los tamales ticucos.
En las cuatro décadas transcurridas, cada día, como maquinita de reloj en perfecto funcionamiento, se han servido estos manjares dulces. Pero no todo comenzó aquí, ni con las manos de mamá Nena. La dulce tradición de panela se ha heredado de una generación a otra. Originaria de San Juan Nonualco, departamento de La Paz, Vicenta González, la bisabuela, fue la que nació con el don del buen sabor.
Generosa de su bendición se la compartió a su hija Lucía Vicenta y a su nieta María Magdalena. «Mi abuelita es la que me enseñó cómo se hacía el chilate. Luego lo íbamos a vender al mercado, cabal en el centro de San Salvador.
Yo iba allí con mi mamá, llevábamos solo nuégados de yuca, de masa, de huevo, plátano, camote. Lo esencial que la gente pedía, conserva de coco, torrejas», recuerda. Esa pequeña venta y el arte de preparar en su punto las delicias en dulce de atado fueron el sustento de mamá Nena para sus tres hijos varones.
Jamás imaginó que sería una parada imprescindible en la ruta gastronómica de El Salvador.
«No, nunca me imaginé. Lo que uno solo piensa es en llegar a vender más para sacar a los hijos adelante, pero de que sea grande yo nunca lo pensé», dice desde una mesa de metal mientras Jénnifer, su nieta, acomoda las viandas a su alrededor para inmortalizarlas en una foto.
LA TRADICIÓN NO MORIRÁ
Jénnifer González es la cuarta generación, y como cosas de familia siempre hay un hijo o un nieto que más se acerca y por eso recibe más patrimonio.
En la familia de los González, Jénnifer es la más apegada y el patrimonio son las mil y una recetas y los secretos de cocina de mamá Nena. Ambas son alegres, llenas de ocurrencias que sacan carcajadas a los demás mientras cocinan, y a nosotros mientras las entrevistamos.
«Mamá Nena, una sonrisa para la foto… Hay tequila, mamá Nena», y todos estallamos en una carcajada. Cuando la nieta cocina estos dulces manjares hace pensar que todo es fácil y también hace imaginar que es mamá Nena hace 40 años, en el mismo lugar, con la misma tradición y humor.
Aunque hay una complicidad especial entre ambas, en esta familia todos son importantes y cualquiera que haya degustado sus platillos debe saber que hay todo un batallón que ha contribuido a ese sabor y a esa textura.
Cada día, divididos en grupos por horarios, el fuego de las cocinas se va encendiendo por ocho miembros de esta familia, tíos, primos, hermanos, nietos, todos especializados en un platillo. Es una sincronía perfecta de mucha dedicación y amor.

Así transcurren los 365 días: la familia se levanta de madrugada, cocina sin parar para que al medio día las primeras viandas de dulces atraigan abejas y comensales.
Los días en los que la matriarca llega sigue compartiendo consejos, sigue ayudando a que todo mejore. Lo hace porque sabe que no será eterna. Hace cinco años tuvo un padecimiento de salud que la llevó a pensar lo peor, pero lo superó y sigue.
Esa experiencia la hizo pensar que todo debe estar enseñado, transmitido, para que cuando ella falte la tradición no muera, y que esa esquina siga siendo parte de los recuerdos, de las nostalgias de hermanos lejanos o de aquellos que cuando se sientan una tarde con su chilate y un plato de nuégados revivan sus días de infancia o recuerden a sus padres o abuelitas que los llevaron allí.












