Dagoberto Gutiérrez [don Dago para la gente que toma cafecito con pan dulce en el parque Libertad] fue quien —sin escribir ni una tan sola palabra al respecto, ni dictar una conferencia magistral, en la Universidad Luterana, sobre los intersticios de la verdad concreta— redactó las reglas del análisis político rotundo, puso una diéresis en la comprensión social, le clavó las tildes a la lógica política y, para rematar, le metió metáforas y gerundios a la reflexión ideológica sobre la realidad salvadoreña y, sin proponérselo, se convirtió en el sastre de la memoria, pues le remendó los olvidos al viejo pantalón de la historia oficial que, con el culo sucio, se ponían los victimarios. ¡Mira qué drama ese!
En algún momento, Dagoberto dijo que para leer las encuestas se necesitan los anteojos políticos, porque solo esos tienen la graduación correcta que permite ver la verdad pragmática y carnal que habita en los números. En esa línea, podemos decir que para leer a Dagoberto se necesitan los anteojos de la conciencia social, porque solo esos tienen lentes bifocales: la parte superior del lente que sirve para ver el lejano objeto de la utopía social; y la parte inferior, para ver, de cerquita, al sujeto que le da sentido, esas personas de carne, huesos, espíritu, angustias y esperanzas que hay que comprender, en toda la cotidianidad que se oculta en su cuerpo sentimientos.
Está claro que para Dagoberto lo importante era la memoria, pero solo cuando esta se comprende como un predio vocinglero lleno de olvidos vitales —tanto los innecesarios como los necesarios—, debido a que es esa condición la que, como acto intelectual descolonizado, nos lleva a escudriñar los viejos cuadernos de la historia, y a descubrir, en sus renglones torcidos, la narrativa de las víctimas, de los ausentes, de los invisibilizados, de los traicionados, de los tristes más alegres del mundo.
Decir que la memoria está llena de olvidos no es un absurdo, es una hermosa paradoja que asomaba las narices en las enigmáticas reflexiones de Dagoberto, quien comprendió que, muchas veces, el olvido es una estrategia de sobrevivencia, es un último recurso, por eso el pueblo salvadoreño se olvidó de sí mismo durante los 30 años que, literalmente, vivimos en peligro en el hocico del monstruo de dos cabezas que cobró vida —y se cobró miles de vidas— en el limbo entre la vieja sociedad que aún respira, y nos hace sentir el hedor panteonero de su aliento [el país de mentiritas, para decirlo con las palabras de Dagoberto], y la nueva sociedad de la que, apenas, hemos oído sus primeras palabras, pero que sabemos que tienen que ver con la decisión de reinventar la realidad o, en el peor de los casos, impedir que cambie cuando hacemos que el pasado vuelva a pasar, y se reproduzca en la mudada dejada por la serpiente más letal del país, ese animal venenoso que medía 30 años de largo.
Pero ese olvido que el pueblo usó para sobrevivir, en un país no apto para seres humanos —un país pordiosero, en el diccionario del alma que Dagoberto llevaba bajo el brazo—, entró en la paradoja del olvido con recuerdos que, mientras tanto y por joder, Dagoberto inventó para que esos feos tetuntes no pesaran tanto en el corazón de los pobres que, a empujones, fueron llevados a la guerra social más cruenta de nuestra historia que los victimarios bautizaron como acuerdos de paz.

Y entonces, levantando la cabeza, la memoria infló la panza para darle cabida a todos los recuerdos cuando, indignado, Dagoberto decidió que nadie quedaría en el olvido y, con ello, empezó a hilvanar las historias más bellas de este mundo, y del otro: la historia de las víctimas, de los ausentes, de los invisibles, de los sin identidad social, de los sacrificados en el altar de la traición más grande de la historia, esa traición que, con su tono de voz peculiar, Dagoberto denunció y anunció a fuerza de metáforas, parábolas, sonrisas y lecciones fulminantes que, por aquello de las neuronas que se ocultan en el corazón colectivo, solo fueron comprendidas por la gente sencilla: su pueblo, ese tumulto de personas que memorizando las lecciones de Dagoberto comprendió que no se gobernaba para todos, y que la utopía social no es para todos, ni por todos, porque es la concreción sublime de la dictadura de las mayorías, lo cual es la paradoja de la dictadura en ebullición.
Lo cabalístico suele perseguir a los personajes entrañables —o se deja perseguir por ellos— y por eso como metáfora de la memoria en capilla ardiente Dagoberto decidió morir un 9 de julio, día de Santa Verónica, lo cual no es una coincidencia, pues ella tendió el manto para enjugar el sudor y la sangre del mártir, y él tendió sus recuerdos para limpiar los olvidos y la sangre que bajaban por la frente de los pobres.
Todas las personas no mueren de viejos o por dejar de respirar, mueren cuando el olvido es su ataúd, y eso significa que en el corazón del pueblo Dagoberto está condenado a vivir para siempre, porque es uno de los muertos que nunca mueren… es de esos muertos que viven mientras dure la paradoja de la memoria del pueblo.






