Como a las doce y media de aquel domingo, un amigo mío, asesor de la campaña arenera en una estructura de análisis e información conocida como el «nido del águila», me llamó por teléfono y me dijo, no sin sarcasmo, lo siguiente:
«Después de todo lo que has dicho y escrito, embriagado de encuestas, argumentando que el triunfo de Nayib era inevitable, parece que te equivocaste del todo, hermanito. Tengo ya algunos datos provisionales que indican que ARENA va a ganar». A esas alturas yo sabía que los datos a los que se refería eran los de una supuesta encuesta de boca de urna, calzada de manera confusa con el logo de la UCA y puesta a circular en las redes sociales, la cual confirmaba el bajo nivel de votación y aseguraba que las preferencias favorecían al partido ARENA. «La UCA no hace boca de urna. Esa encuesta es un invento de ustedes», le dije a mi amigo, y corté la comunicación.
Él de inmediato me envió un WhatsApp con un fragmento de un artículo publicado por su colega Salvador Samayoa unos días antes: El uso táctico de las encuestas es normal. El triunfalismo puede tener uno de dos efectos: contagiar entusiasmo y hacer más segura la victoria o desmovilizar a los propios adeptos que ya no consideran necesario salir de su casa para ir a votar.
Lo más sensato es considerar que las encuestas son solo opiniones obtenidas con mayor o menor rigor estadístico, con mayor o menor solvencia profesional. Lo único cierto es que el día de las elecciones puede pasar cualquier cosa. Cada uno toma como quiere los sondeos de opinión. Muchos los utilizan para proclamar de manera anticipada una victoria inevitable de Bukele.
A estos, obviamente, les encantan los números que arrojan las encuestas. Ya ganaron los tres puntos sin necesidad de jugar el partido y no quieren ni oír hablar de la probabilidad de un resultado diferente.
A esa misma hora, los dirigentes y voceros de ARENA acaparaban los programas de radio y televisión, destinados a la cobertura y al análisis de los comicios, asegurando que «la burbuja de Nayib» por fin se había pinchado y que ellos iban a la delantera. Pero el Delta y yo habíamos trabajado antes en mesas estratégicas de campañas areneras, y ambos sabíamos que aquello, la falsa boca de urna y el copamiento de los medios para difundir el mensaje optimista era una típica operación del «nido del águila» para motivar a los suyos y desmoralizar a los adversarios.
Entretanto, en el comando del Sheraton Presidente el estado de ánimo era cada vez más tenso y sombrío. El tema que se discutía con creciente acaloramiento era el de la baja participación ciudadana, que a esas alturas no llegaba al 40 %, y todos daban por hecho que eso implicaba que quienes habían votado eran los movilizados por las maquinarias electorales de ARENA y del FMLN.
Para colmo, en medio de esa polémica, uno de los consultores en materia de encuestas, que había estado tabulando sus propios datos, tomó la palabra para informar con aire de gravedad que sus números no solo validaban la supuesta encuesta de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), sino que, además, indicaban que lo más probable era que Nayib sería desplazado al tercer lugar.
Las caras de los ahí presentes eran de una mezcla de desconcierto, incredulidad y pesadumbre. Algunos ojos se enrojecieron. La discusión se intensificó, pero Nayib ya no les prestaba ninguna atención: estaba completamente abstraído, ausente, con la mirada fija en algún punto indefinido por sobre las cabezas de sus interlocutores.
De pronto se levantó de la mesa sin decir nada, y así, en silencio, se retiró solo a un rincón, se sentó en una silla que giró hacia la pared y se puso a escribir un mensaje en su celular. Solo se volvió en algunas ocasiones para preguntar dónde estaba Roy Campos. —Búsquenlo —dijo—, necesito hablar con él.







