Muchos me preguntan cómo voy con mi recuperación. Y mi respuesta casi siempre es la misma: «Muy bien, despacio, pero con buena letra, como escribe el Maestro de Galilea cuando está operando un milagro». Pareciera broma, un decir o una simplificación de explicaciones, pero en verdad es algo serio lo que digo, porque es lo que creo firmemente.
A ver, veámoslo así, en nuestras vidas estamos a la expectativa de una acción sobrenatural de algo que necesitamos, esperamos o sufrimos y —algunos— nos cansamos de pedir o esperar; los seres humanos somos así, precisos o ansiosos.
En la Palabra se nos cuenta que Jesús sana a dos personas ciegas de diferentes formas. A Bartimeo, el ciego que le grita: «Hijo de David, ten compasión de mí» (Lucas 18:38), el Maestro, sin tocarlo, le dice: «Ve, tu fe te ha salvado», y de inmediato recobra la vista. ¿Cuántos quisiéramos que así se resolvieran nuestros problemas o se curara una enfermedad?
En cambio, con el ciego de nacimiento (Juan 9:1-12), Jesús usa un proceso diferente para curarlo: recoge tierra, escupe y hace lodo, se lo coloca en los ojos y le ordena que se lave. El ciego obedece, se lava y regresa viendo. ¿Por qué lo hizo de esa manera? Dios, en su perfecta voluntad, usa formas y maneras para un milagro, ya sea de inmediato o será el resultado de un proceso corto, mediano o de largo plazo, eso lo decide el Señor, en tiempo y forma.
Yo creo que sanaré, pero debo ir al hospital cada cierto tiempo a curación, optimista, positivo, confiado en un avance por mínimo que parezca; el alcohólico que decidió dejar tomar, ya sea que asista a alguna congregación, a los Alcohólicos Anónimos (AA) o a una terapia privada, donde sea que asista, confía en que solo un poder superior que obra poco a poco le ayudará, es un proceso. La quimioterapia o el tratamiento para alguien con cáncer será con el tiempo que se vea su resultado, pero es necesario soportar todo lo que eso implica; una familia destruida por la violencia debe orar junta, pero también recibir orientación para no volver a caminar el mismo infierno; ejemplos son interminables y todos nos llevan al mismo lugar, a los pies de Jesucristo preguntándonos: «¿Qué quieres que haga por ti?».
Y ante nuestra respuesta vendrá la interacción que Él nos demanda: levántate, sé valiente, anda, tira la red, lávate o llena tus tinajas de agua. Siempre habrá algo que hacer de nuestra parte ¿Qué nos corresponde hacer? Es la pregunta que responder con acciones de fe.
Lo que actualmente experimentamos es un milagro en proceso. No sabemos cuánto tiempo llevará y cómo terminará. Lo cierto es que en el camino se aprenden muchas cosas, se descubren propósitos, la fe se fortalece y la actitud proactiva se practica a cada momento.
Muchos pensarán que se trata de autosugestión o de una especie de masoquismo religioso ¡No! Es cuestión de creer, actuar y esperar. Ya lo canta el artista: «Esperar en ti difícil sé que es, mi mente dice no, no es posible, pero mi corazón confiado está en ti».





