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No se abandona a un paciente a mitad de una cirugía: Bukele, la reelección y la operación inconclusa

por Yossi Abadi, abogado e inversionista israelí
11 de agosto de 2025
En DePalabra
Tiempo de lectura:4 mins read
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Uno no sale del quirófano a mitad de la cirugía. No cuando el paciente está abierto sobre la mesa. No cuando tienes los codos hundidos en sangre, los tumores apenas extraídos, el corazón aún latiendo con fuerza. Y mucho menos cuando eres el único que conoce el recorrido de las venas, dónde comienza la podredumbre y cómo volver a suturar sin matar al paciente en el proceso.

Así, creo yo, es como el presidente Nayib Bukele concibe su rol. No como un rey. No como un CEO. Sino como el cirujano principal de la operación nacional más delicada que haya vivido El Salvador.

Para entender la reciente reforma constitucional que, en la práctica, permite la reelección presidencial indefinida —una medida que ha acaparado titulares y generado críticas a escala mundial— hay que comprender la metáfora que la sustenta: El Salvador no solo se está reconstruyendo; está recuperándose de un cáncer institucional en etapa cuatro.

Y a mitad de una operación no se cambia de cirujano.

El viejo Estado estaba metastatizado. Las pandillas se habían infiltrado como tumores en cada órgano: escuelas, cuerpos policiales, comunidades, tribunales. La extorsión era norma. La confianza, terminal. El cuerpo social del país se descomponía, y la medicina tradicional —ayuda internacional, talleres de ONG, alternancia de partidos— ya no surtía efecto. Se necesitaba algo radical. Agresivo.

Arriesgado. Bukele entró al quirófano y no parpadeó.

Primero vinieron las incisiones: arrestos masivos, despliegues militares, purgas judiciales. Para algunos, fue brutal. Para quienes vivían bajo terror diario, fue como sentir por fin la anestesia haciendo efecto. Luego vinieron los cortes más profundos: digitalización de ministerios, adopción del bitcóin, reestructuración de pensiones, regulación migratoria, e incluso una nueva visión de la seguridad pública como infraestructura de creencias.

Pero la sanación no ocurre de la noche a la mañana. Un cuerpo no pasa de la quimioterapia a correr maratones en un solo ciclo electoral. Y esa, sospecho, es la razón por la cual el paciente —el pueblo— insiste en que Bukele, el cirujano, permanezca en la sala. No por culto ni por miedo, sino por claridad: la operación no ha terminado. La sanación no está completa. Y cambiar de manos a mitad de cirugía podría costar los avances que tanto ha costado preservar.

Y así llegamos al 31 de julio de 2025, Sesión Plenaria 67.

En menos de una hora, la Asamblea Legislativa de El Salvador aprobó una serie de reformas constitucionales de amplio alcance: los mandatos presidenciales se extendieron de cinco a seis años, se eliminó la segunda vuelta electoral, y la frase «limitar la reelección subsiguiente» desapareció discretamente. ¿La votación? 57 a favor, 3 en contra. Sin debate acalorado. Sin sesión maratónica. Solo una nueva realidad jurídica, codificada en luces verdes sobre un tablero digital.

No fue un golpe de ego, sino una continuación clínica. El cirujano no exigió quedarse. Fueron los representantes del paciente quienes se lo pidieron. El pueblo, a través de su parlamento, eligió consistencia en lugar de interrupción.

Los críticos lo llaman una concentración de poder. Algunos ven ecos de libretos autoritarios del pasado. Pero uno no detiene la quimioterapia porque los vecinos se quejan de los efectos secundarios. En un tribunal, se argumenta. En un quirófano, se actúa.

Y hay otra forma de interpretar esto: no como el fin de la democracia, sino como la continuidad de una cirugía nacional. No todos los países tienen el lujo de una deliberación estilo escandinavo cuando su supervivencia está en juego. El Salvador no está diseñando una utopía. Está estabilizando a un paciente que llegó en paro a la sala de emergencias.

Es cierto que los medios internacionales debatirán, con razón, las implicaciones democráticas de esta medida. La reelección indefinida sienta un precedente peligroso, especialmente en una región marcada por caudillos y cultos a la personalidad. Pero el caso salvadoreño no encaja del todo en ese molde. Esto no es un proyecto de ego. Es un protocolo de trauma.

Pregúntale a una madre salvadoreña cuyo hijo ahora puede volver a casa de noche. A un comerciante que ya no paga renta. A un emprendedor de la diáspora que regresa a construir sobre tierra que antes era zona de guerra. Lo que dirán es simple: el dolor fue real. La sanación ha comenzado. Y nadie quiere que el doctor se retire a mitad de camino.

Bukele, para bien o para mal, se ve a sí mismo como esencial; no como salvador, sino como cirujano en jefe. El que cortó más profundo. El que conoce el tejido cicatricial. El que no se inmuta cuando aparece el siguiente tumor.

La democracia no se trata solo de rotación. Se trata también de resultados. En el lenguaje aséptico de la política, a esto se le llama reforma constitucional. En el lenguaje de la calle, tiene otro nombre más visceral: «Que termine la operación».

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