Columna Odisea Cinéfila
La reciente victoria de «Flow» en los premios Óscar como mejor película de animación ha sorprendido y deleitado a la comunidad cinematográfica internacional. Esta obra letona, dirigida por Gints Zilbalodis, destaca no solo por su impecable ejecución técnica y narrativa visual sin diálogos, sino también por las profundas enseñanzas filosóficas que subyacen en su trama. En un mundo cinematográfico dominado por grandes estudios y presupuestos millonarios, «Flow» representa un recordatorio del poder del cine independiente y de su capacidad para contar historias que resuenan universalmente.
La historia de «Flow» nos presenta la travesía de un gato y otros animales que buscan sobrevivir en un mundo inundado, desprovisto de presencia humana. A lo largo de su odisea, enfrentan desafíos naturales que ponen a prueba su instinto y resiliencia, sin más herramientas que su capacidad de adaptación. Esta narrativa resuena profundamente con la filosofía del Tao Te Ching, especialmente con los tres tesoros o joyas del taoísmo, principios fundamentales para vivir en armonía con el universo.
Compasión: La solidaridad entre las criaturas en su viaje es el eje central de la película. Enfrentando dificultades aprenden que solo a través de la cooperación pueden seguir adelante. La interdependencia entre ellos refleja la importancia de la empatía y el cuidado mutuo.
Frugalidad: La moderación y el desapego material son evidentes en la forma en que los personajes interactúan con su entorno. Esta simplicidad no solo es una necesidad, sino una virtud, alineándose con la idea taoísta de que menos es más y que la verdadera riqueza radica en la conexión con el flujo natural de la vida. Lección que el Lémur aprende en el camino.
Humildad: En «Flow» no hay jerarquías ni luchas de poder entre los protagonistas. Cada criatura contribuye al grupo con sus habilidades y la historia nos muestra que la supervivencia no depende de la dominación, sino de la aceptación y la adaptación.
Vivimos tiempos en los que la polarización es la norma, donde la voz más estridente parece ser la única que se escucha y el miedo se ha convertido en la gran herramienta de manipulación. No es casualidad que el mundo esté viendo un resurgimiento del fascismo, disfrazado de discursos nacionalistas que apelan al instinto más primario: la supervivencia en tiempos de incertidumbre. Pero el verdadero peligro no está solo en los líderes que predican odio, sino en el miedo que habita en los corazones de quienes los siguen. Un miedo cultivado en la ansiedad del presente, en la constante sensación de urgencia que nos hace olvidar de que la vida, en su esencia, es un flujo.
El Tao Te Ching nos recuerda que la rigidez es la antesala de la muerte y que el agua, con su suavidad, erosiona hasta la piedra más firme. En una sociedad que nos empuja a tomar bandos, a desconfiar del otro y a responder con violencia, el mensaje del taoísmo se alza como un faro de cordura: la verdadera fortaleza no está en la imposición, sino en la adaptación. La compasión, la moderación y la humildad (las tres joyas del taoísmo) son principios que desafían directamente la lógica de un mundo que premia la agresión y la competencia desmedida.
«Flow» nos recuerda esto a través de su protagonista, que no se resiste a la corriente, sino que aprende a moverse con ella. Y es que solo en la flexibilidad encontramos la posibilidad de la armonía. Si entendiéramos que no todo es un campo de batalla, que la identidad no se define por la oposición al otro, sino por la conexión con el todo, tal vez podríamos empezar a sanar las heridas que nos han dividido.
La ansiedad colectiva nos ha arrebatado la capacidad de confiar en el flujo natural de la vida. Nos han convencido de que solo sobreviven los fuertes, pero hemos olvidado que la verdadera fortaleza radica en saber fluir. Quizás es hora de escuchar de nuevo la antigua sabiduría del Tao y recordar que el mundo no necesita más soldados en guerra, sino seres humanos en equilibrio.
«Flow» es una meditación visual sobre nuestra existencia y nuestra relación con el mundo. Su éxito en los Óscar no solo celebra su calidad técnica y artística, sino que también resalta la necesidad de un cine que inspire, que provoque reflexión y que nos ayude a recordar lo esencial en tiempos de caos. La película nos recuerda que, como el agua, debemos aprender a adaptarnos, a aceptar la incertidumbre y a confiar en el flujo natural de la vida.







