La captura de Nicolás Maduro debe de ser analizada desde la estructura del poder, es decir, porque el poder no se explica, solo se interpreta por el hecho mismo bajo circunstancias y condiciones especiales; y, además, por las consecuencias y efectos políticos que generan los sucesos. Así, la captura indica que existe un nuevo núcleo del poder, que es el centro de decisiones operando en las sombras.
El efecto de la acción genera distintas implicaciones, una de ellas es que el poder político en sí mismo no cae; el fenómeno es que hay un cambio en la cúspide del poder, lo que nos refleja es la caída de Maduro, no la caída de la estructura, puesto que el poder aprende a adaptarse y continuar, esta es la parte más neurálgica por la configuración de diferentes bloques en el poder y la continuación del mismo bajo la misma línea ideológica y política, con los mismos intereses que se resisten, dudan y se oponen, corriendo el riesgo de pagar el precio del poder.
Las acciones políticas tienen momentos, circunstancias y episodios; lo que es significativo son los momentos decisivos en el caso que nos ocupa. El momento decisivo no es la captura de Nicolás Maduro, sino cuando se toma la decisión definitiva de la acción a ejecutar, cuando se pondera la necesidad de un nuevo equilibrio del poder.
Políticos con experiencia y conocedores de acontecimientos similares, que ocurrieron en su oportunidad, señalan que, ante situaciones extremas, es mejor buscar a través de la negociación opciones para buscar salida al conflicto; por ejemplo, el exilio. En cuanto al poder, aprende a parecer distinto para seguir siendo el mismo.
El verdadero poder es quien o quienes: 1. Controlan la excepción; 2. Garantizan el orden; 3. Deciden los casos a investigar; y 4. Qué expedientes políticos se archivan. El poder lleva una contabilidad política rígida, diferente a la contabilidad que lleva el Estado en el control de las finanzas públicas. El fenómeno es que, aunque el poder aparente perder, nunca se va, solo cambia de manos, de discurso y de autoridad, todo en tiempo presente, porque así lo exige el análisis e interpretación del poder, porque así ocurren los procesos, actos y circunstancias al interior de las estructuras, aunque no sean visibles. Cuando el liderazgo político deja de administrar equilibrios y empieza a concentrar riesgos, el poder no se pliega con él, entonces surge el reemplazo. En este caso, los momentos decisivos no están en las calles ni en los tribunales, se ubican en las negociaciones, donde los silencios se pactan, las lealtades se redefinen, siendo la negociación fría, pragmática, y el poder sigue su rumbo hacia adelante; lo demás queda clausurado administrativamente, puesto que ya no produce estabilidad.
No se pueden dejar de reconocer las ondas expansivas que generan las acciones políticas de gran envergadura, que por su naturaleza tienen efectos dentro y fuera del Estado, así: 1. Se declara el fin de una etapa sin desmontar el sistema; 2. Se justifica el reacomodo de nombramientos políticos de distintos niveles para la formación de estructuras del Estado; 3. Se da continuidad a lo que está pendiente de realizar en los planes de gobierno, en lo que pueda ser útil para la población; 4. De manera general, se hace todo lo conveniente para cumplir con los fines estratégicos del Estado.
La captura de Nicolás Maduro no representa un final, es un ajuste de cuentas, una corrección; puesto que el poder no hereda, se administra mientras sea útil; además, hay que observar la mecánica real que opera detrás del poder y los acontecimientos. En el tránsito histórico, un poder ya no necesita golpes clásicos ni ocupaciones visibles, basta con regular la cúspide del poder dentro de su espacio geopolítico, sin intervención; eso es, gobernanza del siglo XXI. De tal manera que: 1. La nueva forma de poder regula zonas hegemónicas; 2. La soberanía es una condición revocable; y 3. La captura es instrumento geopolítico, no golpe.





