En muchas familias el «papá» brilla por su dedicación o por su ausencia. Puede ser una figura paternal presente todo el tiempo, ausente totalmente por fallecimiento, irresponsabilidad o porque nunca se supo quién fue; porque fue separado por un vicio, infiel o se perdió; o se vio obligado a migrar, trabajar mucho o simplemente encontró felicidad criando los hijos de otro.
Y hasta se cuentan aquellos a los que tuvieron que forzarlos a ser por la vía legal, por eso es muy atinado aquel dicho popular que «no es padre el que engendra o el que cría, sino al que topan en la Procuraduría (General de la República)». En fin, figuras paternales de todos los sabores, colores y olores.
Y así ha sido desde siempre, desde los tiempos de aquel que vino al mundo siendo engendrado por nuestro Padre celestial, pero con una vida tan terrenal que poco pudo envidiar a alguna familia actual.
Jesús, humanamente hablando, solo tuvo a José el carpintero como su papá adoptivo, de quien muy poco se sabe de su vida e influencia en el proceso de crecimiento del joven nazareno debido a su presunta muerte prematura, si nos atenemos a la documentación bíblica.
En el evangelio de Marcos 6:3 se le llama a «Jesús el hijo de María» y no de José, como era la costumbre en esos tiempos. El papá terrenal del joven galileo no vuelve a aparecer o a ser mencionado después de los 12 años, cuando el muchacho se les pierde a su mamá, María, y a su papá, José, porque se ha quedó en los negocios de su Padre celestial discutiendo las escrituras en el templo con los sacerdotes (Lucas 2: 41-50).
Esta singularidad nos permite apreciar con especial atención la naturaleza humana de Jesús y su cotidianidad llena de problemas, necesidades y, por qué no, de sueños y metas que se le fueron revelando con el tiempo, pues «Jesús crecía en sabiduría y en estatura y en gracia para con Dios y los hombres» (Lucas 2:52).
No obstante, desde su condición de hijo del corazón (adoptivo) en el ámbito terrenal y con gran sabiduría nos enseña la manera de orar al Padre que está en los cielos, revelándonos el perfil que todo padre terrenal debemos imitar o tratar de alcanzar frente a nuestros hijos, a pesar de no haberlo hecho cuando tuvimos la oportunidad, hacerlo hoy que estamos a tiempo o para los que están por convertirse en papas.
Ese perfil se encierra en el padrenuestro, la oración más universal de los cristianos de toda denominación o congregación.
Un padre que tiene «el poder y la autoridad» para desempeñar su papel. «Padre nuestro que estás en los cielos, venga a nosotros tu reino; santificado sea tu nombre y hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo».
Un padre «proveedor y justo». «Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».
Un padre «consejero y protector». «No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal».
En fin, un padre es amado cuando sabe darse a respetar y es visto con autoridad por sus hijos; es apreciado cuando cumple con su responsabilidad de proveer y actúa con justicia frente a los suyos; es escuchado, digno de confianza e imitado por todos cuando cuida y sabe conducir por el camino correcto. Pues, al final, son las características del Padre que vela por nosotros desde su trono celestial.
Sin duda, Jesús imitó a su papá terrenal en su oficio y dedicación; no tuvo hijos, pero desde su divinidad, es el propio Dios enseñándonos cómo debemos de verlo e imitarlo como Padre, no es fácil, pero cada día tenemos la oportunidad de enmendar o seguir siendo buenos líderes paternales. Este Día del Padre es un buen momento para comenzar a cambiar o seguir mejorando.
Aunque también debe decirse «¡felicidades, mamás, en el Día del Padre!» porque llevaron a sus hijos por el camino de que sean buenos padres, como el Maestro de Galilea lo enseña y lo hicieron sin los hombres que evadieron su llamado.





