La violencia de los hombres contra las mujeres ha sido de los enfoques y temas más estudiados por la criminología desde hace más de 150 años, ya que genera —en un solo evento por lo general— víctima, delincuente y delito, cuando se produce un asesinato que es la culminación, la última etapa, de esta violencia contra la mujer.
Debemos recalcar que no todo asesinato de una mujer es feminicidio, pero cuando existe en una sociedad una violencia feminicida que es estructural y se expresa de diferentes formas debemos comprender que los hombres que la ejercen enfrentan diferentes problemáticas internas que las podemos considerar como trastornos, además de una cultura machista que nos ha enseñado y modelado, que establece una falsa creencia de supuesta superioridad del hombre hacia la mujer.
En esta oportunidad abordaré algunas de las alteraciones o los trastornos que padecen los hombres que ejercen violencia contra la mujer con más frecuencia, entre ellas:
Falta de control sobre la ira o enojo: un hombre violento experimenta mayores niveles superiores de ira y hostilidad, es altamente impulsivo, pierde rápidamente el control, carece de dominio propio y, por lo tanto, tiene un peor pronóstico. La ira es la respuesta a una situación de malestar en la convivencia o una forma inadecuada de hacer frente a los problemas del diario vivir.
Dificultad para expresar emociones y de comunicación: un alto porcentaje de hombres tenemos problemas de comunicación y de manifestación sobre lo que sentimos; nos molesta, o nos hace sentir mal, y de igual manera no sabemos captar los sentimientos de la compañera de vida; se presentan distorsiones de la realidad, y lo que se aprendió desde niño es a resolver todo por medio del silencio, conocido como «ley del hielo» contra la mujer, o una expresión violenta.
Una distorsión sobre la mujer o lo femenino: los hombres violentos, maltratadores, pueden experimentar creencias equivocadas sobre los roles de género, como la inferioridad de la mujer con respecto al hombre, y un aval a sus reacciones de violencia, que le parece en su mente que son justificadas. Culpan a la mujer, evaden todo tipo de responsabilidades, culpan al trabajo y a un mal momento, incluso pueden llegar a victimizarse como mecanismo de justificación.
Baja autoestima: genera que los hombres violentos tratan a toda costa de dominar y controlar; es una obsesión. El maltrato y la violencia contra la mujer es un mecanismo para conseguir estima, que no lo logran de otra forma, pero terminará siendo contraproducente, ya que minimizan su comportamiento. Tienen una distorsión de su autoimagen.
Consumo abusivo de alcohol etílico o drogas: esta problemática tiene mucha relación y actualidad en El Salvador por el primer contacto con cualquier bebida que contiene alcohol etílico, lo cual ocurre en la adolescencia. Se convierten en los peores aliados y la peor combinación para un hombre machista, ya que lo desinhibe y facilita su comportamiento violento contra la mujer. Entre más consumo, mayor violencia, y esta combinación es la de peor pronóstico.
En resumen, la mentalidad machista, una cultura patriarcal, el modelaje de maltrato y violencia hacia la mujer desde la primera infancia y en el proceso de socialización en la comunidad desarrollan también pensamientos negativos que luego se convierten en pensamientos machistas, que hacen que el hombre reaccione con violencia e ira, que le generan mucho sufrimiento.
Actualmente, la criminología, por medio de las neurociencias y neurocriminología, está brindando posibles soluciones con equipos multidisciplinarios e interdisciplinarios para atender a hombres violentos, dentro o fuera de prisión, ya que requieren tratamiento y asistencia psicológica y espiritual. Es posible transformar la vida del hombre violento, que pare ese odio hacia lo femenino y poder aprender a controlar el enojo, los problemas y evitar llegar a la ira. Pero lo más sostenible y la mayor prevención será la educación y el modelaje adecuado en la primera infancia.






