Si un término puede definir la obra de Romeo Galdámez es vorágine. Sus obras son intensas, eclécticas, coloridas, cargadas de sentimientos y críticas. Mezclan influencias artísticas, combinan imágenes de diferentes momentos de la humanidad (la prehistoria, lo prehispánico, el modernismo, la actualidad) y, por si fuera poco, recurre a todos los formatos posibles para exponerlas: murales, pinturas, fotografías, arte objeto, instalaciones, serigrafía, pastas de libros o de antiguos LP, postales, trípticos, afiches, calendarios, bastidores de escenografía para obras de teatro (lienzos), videomapping.
Como él mismo se define, es un «artista visual» y esto significa que las «aplicaciones» de su obra parecen infinitas.
Estudió artes visuales en el Centro Nacional de Artes (CENAR). Fue en ese periodo que se vio influenciado por profesores salvadoreños que venían del extranjero, por profesores extranjeros que visitaban su centro de estudios, de corrientes mundiales como el arte pop, en fin, un mundo de cosas, personas y hechos.
«Estudié el bachillerato en artes, que eran parte de los bachilleratos diversificados en la administración Béneke, y yo ingresé en el 72. Fue una época que el Centro Nacional de Artes estaba en la agenda institucional y hubo muchos aciertos, inclusive, de traer profesores de otras latitudes como España, Argentina. Entonces, nosotros tuvimos unos intercambios didácticos que nos movieron mucho el tapete», comenta Galdámez.
Recuerda que recibían contenidos didácticos «casi de universitarios, pero condensados».
La formación académica incluía conocer filosofía del arte y psicopedagogía. Una maestra, la doctora Marina Rodríguez de Arocha había sido alumna de Jean Piaget, en Francia. Así, todos los elementos teóricos se sumaban a la exigencia de altos estándares creativos, es decir, la producción de obras (cualquiera fuera la rama) de gran calidad.
«En mi caso particular, tuve mucha afinidad con el maestro Jesús Falcón, que venía de España. Venía con unas ideas bien alternativas. Inclusive, en ese tiempo nos ponían a leer toda la filosofía del arte y encontré una frase en el filósofo Walter Benjamín que decía que “el arte no es solo la cuestión fantástica, de imaginario o sueños, sino que podría estar también en el nuevo uso de las cosas conocidas”. De ahí viene el concepto de collage».
Collage es el vocablo que marca toda la obra de Galdámez, ya que crea composiciones con diversos materiales.
A lo anterior se suma su natural rebeldía de romper esquemas (el actual significado de iconoclasta), por lo que atrás quedó la pintura costumbrista que aprendió con Valero Lecha. «Yo decía “yo quiero hacer algo diferente”. Entonces, también en ese tiempo estaba en auge el arte pop, de (Robert) Rosenberg, de Andy Warhol, y mucho también estaba en la parte teórica. Nos hablaban mucho de este personaje canadiense Marshall McLuhan que planteaba el rollo de las masas (aldea global). Por eso yo, soy un poco sui generis», admite Galdámez.
Después de su formación en el Cenar viajó a continuar sus estudios en Brasil, donde obtuvo la licenciatura en Artes Visuales. A su regreso al país se convierte en asistente del maestro Roberto Galicia (dentro del Cenar). Luego pasa a la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI).
Desde sus diferentes cargos públicos ha impulsado a otros artistas, asumiendo el rol de gestor cultural.
Debido a la guerra civil salvadoreña, Galdámez sufre exilio y radica en México. Es allí donde dice alcanzar la madurez de su obra con el proyecto «Identidad, muchacha in fashion» (1990).
Desde suelo azteca conecta con otros expatriados, pero radicados en Canadá. Ellos le ayudan a promover su arte en ese país norteamericano y es así que por 10 años viaja de México a Canadá para exponer, promover y comerciar sus collages.
En 2003, Romeo Galdámez decide retornar por completo a El Salvador y aquí se quedará.

Volviendo al pasado, ¿cómo fue esa primera experimentación con el collage? ¿su primera obra?
Bueno, me gustaba ese tema y me volví un iconoclasta, digamos. Una persona encantada por las imágenes. Cada imagen tiene una historia. De hecho, hasta un boleto de bus de los años setenta, que costaba 0.10 centavos (de colón) para ir a la escuela. Yo lo tomaba como un elemento y a través de ahí había una lectura de la sociedad, de la economía. Hasta el diseño del ticket tenía que ver con el nivel cultural del país a través de los objetos. De ahí, me voy definiendo como alguien que quiere trabajar esa parte y no irme más dentro de la línea tradicional del óleo, del paisaje, lo cual también lo sé hacer.
¿Optó por la composición?
Exactamente. Entonces, viene otro elemento que es el tema de la comunicación, el tema de los mass media siempre ha sido un punto de interés y siempre mi pregunta fue ¿quién está detrás de las cosas (objetos, noticias, imágenes, mensajes) que uno recibe? Y ahí se van encontrando una serie de cosas que tienen que ver con los poderes fácticos, lo que nos venden, lo que vamos a ser. Entonces, siempre fui acucioso y dije “yo no quiero ser alguien que, si no puedo cambiar el mundo, al menos quiero estar consciente en qué mundo estoy”. Y así ha sido la cuestión. De ahí viene el tema de la identidad. La identidad, entonces, ya va a ser un tema híbrido por toda esta cuestión de los medios, de Hollywood, del imaginario de felicidad, que ya no va en el aspecto naif de la construcción del imaginario, sino que también está influenciado por otras corrientes del mundo. Hay una pieza que fue clave, la hice en México y se llama «Identidad, muchacha in fashion» (1990), que fue la que definió todo el punto de partida para la construcción de una serie de obras con el tema de la identidad.
¿Ahí mezcló más imágenes?
Digamos que fue la etapa más madura. Entonces, esa pieza fue motivo de reencontrarnos con amigos y volver a Brasil a la universidad donde estudié, después de 45 años, pero también con una emoción enorme porque nosotros creamos una impronta en los años de los setenta que, inclusive, décadas después se ha legitimado. Creamos un movimiento.
Pero dentro del Cenar, en el bachillerato en Arte fue una experiencia muy importante. Tuvimos las herramientas tanto conceptuales como de destreza. Saber lo que uno está proyectando, cuál es el contexto y para eso hay que estar siempre informado. Entonces, aquí hay un punto bien interesante de por qué voy a parar a Brasil. Resulta que en el año 74 obtuve el reconocimiento de ser el primer bachiller de la república en Artes Plásticas y en ese tiempo había un programa de becas presidenciales para los mejores bachilleres y mientras se definía el país me quedé de asistente de profesor en el Cenar. Era el asistente de Roberto Galicia. La primera oportunidad era una escuela en Florencia, pero eran solo dos años y era un diplomado, entonces no se pudo. Luego hubo oportunidad de ir a Japón, pero era en cerámica. Una llamada de la embajada de Brasil al Cenar hablaba de un convenio cultural Brasil-El Salvador y hablaba de la oportunidad de estudiar artes plásticas y así me fui.
¿En Brasil se consolida?
Exactamente. Aquí hay otro tema. Todo el bagaje que tenía, tanto teórico como técnico, fue una base muy sólida que me permitió el desarrollo académico en Brasil. De hecho, me fue muy bien y me pidieron que me quedara, pero regreso al país con la misma plaza. En el Cenar hubo una situación un poco incómoda porque yo tenía mi título y los otros no, pero bueno, venía de la formación de la escuela brasileña y me había especializado en grabado. Tenía un maestro de serigrafía excelente que dirigía las escuelas de California (Estados Unidos). Entonces, estando en el Cenar me invitan a ser director de la Dirección de Publicaciones e Impresos. De ahí viene todo el fenómeno social y termino yéndome.

Fue exiliado, ¿verdad?
Exactamente. Por el mismo tema de la identidad yo decido quedarme cerca, pero hay otro tema que en México hay una tradición gráfica muy fuerte, al igual que en Francia o Estados Unidos donde el grabado es muy reivindicado. Entonces, me siento muy reivindicado y comienzo a incursionar en el mercado canadiense. Y por otros hermanos que igual se fueron de refugiados (a Canadá) me hacen representación y lobby e incursiono 10 años en Canadá. Cada año iba a exponer y la sorpresa era que yo era latino que trabajaba temas mesoamericanos, pero con una modalidad contemporánea. Y Vancouver es una ciudad muy moderna, casi posmoderna puedo decir, entonces fue mi nicho para legitimar lo que hacía, los temas.
Entonces, el hecho de ser latino, pero trabajar con un lenguaje contemporáneo mi obra es bien recibida, sobre todo con el mercado de los cineastas, fotógrafos, arquitectos. Y estuve haciendo giras por 10 años, de México a Canadá, y combinaba con conferencias, talleres, visitas guiadas y con eso va entrando uno a otros círculos más amplios y obviamente, en México, me dediqué a la docencia también.
Ahora entiendo, así como ha sido su camino de formación tan variable, ecléctico, así es su obra.
Exactamente. Además de la docencia (en México), en Morelia creamos también un movimiento de reivindicar la gráfica, elevar el nivel de calidad, al igual que en Porto Alegre (Brasil).
¿Se considera una especie de revolucionario?
No. Lo que sí es que, en las cosas que me meto, me meto intenso. Y a la vez, en este mundo del arte que no es nada fácil, también se requiere de una disciplina, un método de trabajo; pero eso se adquiere con la academia, la universidad. En Brasil hay otro elemento que las universidades públicas son de mejor calidad académica y había una modalidad interesante que, como estudiante de artes plásticas, tenía un plan para inscribirse en otras materias. Entonces, yo me iba a la Escuela de Comunicación y opté por dos materias, que van a tener que ver mucho con mi trabajo, una es Teoría de las masas y la otra cibernética.








