En las primeras dos entregas de esta sórdida secuencia quedó establecido, en términos generales, el contexto del desastre que en primer lugar fue latinoamericano y que luego se extendió, como la metástasis de un cáncer, hacia todo el hemisferio occidental.
Si tomamos como punto de partida de ese desastre un arco temporal que abarca las últimas cuatro décadas, veremos que coincide con el fin del ciclo de las dictaduras militares y la transición a democracias incipientes y frágiles
Democracias quizá bien intencionadas al principio, pero al final y en resumidas cuentas siempre ineficientes con relación al cumplimiento de sus más importantes promesas: independencia, soberanía, paz social y desarrollo económico.
Tales democracias comenzaron poniéndose al servicio exclusivo de los grandes poderes fácticos locales y globales, y terminaron arrodillándose ante el crimen organizado, tolerándolo y, en muchos casos, estableciendo complicidad y hasta plena sociedad.
No se trata de una exageración. Basta con hacer un pequeño esfuerzo de memoria para comprobar que durante ese período la lista de expresidentes latinoamericanos acusados por corrupción, condenados en tribunales, presos o prófugos de la justicia pasa de un centenar de nombres.
Cuatro expresidentes brasileños, al menos siete peruanos, cuatro ecuatorianos, un chileno, un colombiano, dos venezolanos, una boliviana, una argentina, tres panameños, tres costarricenses, un hondureño, cinco salvadoreños y cuatro guatemaltecos.
Y esta lista de la infamia solo incluye a los que, efectivamente, fueron encarcelados y a los que habiendo sido procesados y condenados se convirtieron en prófugos de la justicia. Si tomáramos en cuenta a los acusados que por diversas irregularidades o complicidades lograron quedar impunes, la lista sobrepasaría el centenar.
Pero, como ya he dicho, el desastre no solo ocurrió en América Latina, sino que, además, con variantes, ritmos y gravedades diferentes, también se entronizó en Estados Unidos, Canadá y prácticamente toda la Unión Europea. La decadencia absoluta de instituciones como la ONU o la OEA, que de ser inútiles pasaron a ser un estorbo, es la más clara expresión del problema.
Pero, como ya he adelantado, al final de la segunda década del siglo XXI, concretamente en 2019, aquí en El Salvador se encendió una pequeña luz de esperanza que, por fortuna y por la vía del ejemplo o por eso que llaman la réplica de las mejores prácticas, se está convirtiendo en un claro proceso de recuperación hemisférica.
Sin duda, contar las incidencias de ese proceso, sus dificultades y expectativas, es una tarea fundamental, pero eso será parte de otra secuencia.





