La crisis de seguridad que está pasando en Guatemala no es algo que sea totalmente ajeno para los salvadoreños. Al contrario, nos parece tristemente parecido. Las escenas de muerte y violencia son las mismas que sufrió El Salvador antes de que el presidente Nayib Bukele tomara posesión y le declarara la guerra a las pandillas.
Vimos cómo los pandilleros dominan las cárceles, cómo imponen su ley y cómo, bajo el amparo de funcionarios corruptos, el control lo tiene la criminalidad. Tres motines en tres centros penitenciarios diferentes, pero todos al mismo tiempo, son una muestra de que hay coordinación y organización. Que hay un mando central y que negocia directamente con un Estado corrupto.
Eso era justamente lo que había antes de poner orden y disciplina en las cárceles: los mareros salvadoreños eran tratados como reyes por sus supuestos carceleros: tenían televisores de última generación, refrigeradoras, camas con colchones ultrablandos, acceso a comida de restaurantes, visitas íntimas ilimitadas e incluso fiestas amenizadas por discotecas móviles y bailarinas exóticas en las que abundaba el alcohol.
En esa época, las cárceles eran las universidades del crimen. Los cabecillas de las pandillas pasaban más tranquilos en prisión y desde ahí dirigían sus negocios criminales. Los más jóvenes entraban al servicio de los más viejos y ejecutaban sus órdenes.
El primer paso del Gobierno del presidente Bukele para tomar las riendas de la seguridad pública fue controlar totalmente el sistema penitenciario. Después pudo implementar a cabalidad el Plan Control Territorial (reformó leyes y depuró el Órgano Judicial).
Antes de estas medidas, los jueces (¡justo como hacen hoy en Guatemala!) dejaban libres a los pandilleros por cualquier tecnicismo o, a veces, de la manera más cínica. Tardaban más en capturarlos que el tiempo que le demoraba a un juez corrupto liberarlos.
La Sala de lo Constitucional también bloqueó la aplicación de las medidas para combatir a las pandillas, convirtiéndose en sus defensores.
Todo eso terminó cuando el pueblo salvadoreño le dio el poder suficiente al presidente Bukele al elegir a diputados comprometidos con el bienestar nacional, no atados a mandatos imperativos de cúpulas partidarias y directivas empresariales.
En ese momento, el pueblo fue liberado de los corruptos que lo mantenían secuestrado. Ya no hubo bloqueos legislativos para seguridad pública o para medicinas en los hospitales.
Los corruptos han sido enviados a la irrelevancia. Y ahí seguirán porque el pueblo salvadoreño tiene claro el camino a seguir.





