El maestro Friedrich Nietzsche decía: «Algo vivo quiere, antes que nada, dar libre curso a su fuerza —la vida misma es voluntad de poder». Todo lo que pueda saberse o hacerse ha requerido, antes que nada, la voluntad, esa energía que mueve los hilos de la historia; que permite crear, soltar, avanzar, saber, ser y dejar de ser. A los seres humanos, aunque así lo crean, no les pertenece nada, todo es tomado (prestado) en un espacio de tiempo muy corto y solo hay algo que le pertenece en sí: la voluntad.
Es precisamente la voluntad el único tesoro real de la persona, pues es la que permite todo lo que se alcanza, cada actividad, cada reflexión, cada, incluso, descanso pasa por la medida de la voluntad; a cuanta más voluntad, más acción o pasividad, según lo que se requiera en el momento. Incluso la misma categoría del amor, de la conciencia, de los logros tienen como condición «sine qua non» la voluntad para su propósito y proceso; por ello, es tan importante y sagrada la voluntad de poder, como decía el maestro antes citado.
Empero, es claro que la voluntad es condición o estado de la conciencia, es decir, resultado de reflexión y lucha, y al mismo tiempo es efecto de esta. Una dialéctica continua entre causa y efecto, pero nunca irrelevante para alcanzar lo necesitado. Toda la humanidad ha nacido de sus fauces, de su nido, de su seno; se ha enriquecido de su savia y ha dado creación por medio de su propia existencia. La voluntad es, sin lugar a duda, el tesoro legado a la humanidad por la evolución y la necesidad de supervivencia.
Ahora bien, hay que reconocer que incluso en lo espiritual lo único que podemos ofrecer a Dios es la voluntad, todo lo demás le pertenece a Él, pero en su amor y sabiduría al darnos libre albedrío es solo la voluntad la que le queda a la raza humana para ofrecerle a su Creador, y por ello es tan difícil de trabajar y acrecentar; pues la sociedad actual muestra a las nuevas generaciones que el esfuerzo es una creación del poder y por tal una abominación para la sagrada dignidad humana.
Es así como cada vez más se puede observar a la voluntad como monumento a la grandeza y todo lo que se ha alcanzado de bueno en la sociedad posee en ella su base y continuidad. Debe cambiarse el discurso «woke» y comenzar a poner a la voluntad de poder (es decir, de crear y crearse) como la base de las nuevas sociedades. Cualquier persona que busque la grandeza interior y por tal exterior no puede menospreciar ese motor de grandeza de la voluntad a la que se refirió más de una vez el maestro Albert Einstein.
Cada vez que sienta desánimo, tristeza, cansancio o desesperanza recuerde que usted ha nacido para más, no para menos, ha sido mantenido en este planeta para crear y legar a la humanidad. No se deje vencer por la antinomia de la mediocridad, de la chabacanería, de la vulgaridad, del sin sentido, del prejuicio y más… Vuélvase consciente de la grandeza que reside en su interior —voluntad de poder— de instaurar y legar a los suyos y los otros lo que le ha sido otorgado desde el nacimiento, su especialidad.
Así pues, apreciado lector, tal como expresaba el maestro Antonio Machado y Ruiz: «Benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin, o conformidad con lo inepto, sino voluntad de bien». La sagrada voluntad que es fundamento y al mismo tiempo proceso de todo actuar humano, de todo lo creado, lo alcanzado, lo deseado y puesto en acción. Que cada día sea un elogio a la voluntad como base del actuar y la reflexión cotidiana; permitiendo con ello lograr estadios más elevados de conciencia y de sociedades más fuertes, prósperas y humanas.






