En los últimos 12 años, Álex Raymundo, residente del cantón Azacualpa, del distrito de Armenia, Sonsonate Este, ha perdido la cuenta de cuántas veces ha subido y bajado los más de 2,300 metros del volcán Ilamatepec de Santa Ana, que a diario recorre para ofrecer paletas de diferentes sabores y chocobananos.
Lo asombroso del caso no es que suba una o más veces al día el coloso, sino que lo hace con una carga de más de 75 libras sobre los hombros, lo que pesan más de 150 paletas con las cuales se refrescan sus clientes, turistas nacionales y extranjeros, en la cima del Ilamatepec.
Este peso se incrementa a 125 libras los viernes, sábados y domingos, cuando incrementa el flujo de turistas y, por ende, el número de paletas que vende.
«Ya tengo 12 años de venir a vender paletas al cráter del volcán. Antes de la pandemia subía dos o tres veces al día. Cuando tenía 19 o 20 años, mi sueño era construir mi casa, tenía dos trabajos, cuando trabajaba de noche en la maquila, en el día venía a vender acá. He podido cumplir mis sueños», dice el vendedor.

Raymundo señala que una de las mejores experiencias que ha tenido durante todo este tiempo es el hecho de aprender a hablar inglés, ya que de las ganancias de la venta de paletas ha podido pagar sus clases de inglés, que además le permiten comunicarse de mejor forma con los turistas extranjeros que le compran sus productos.
Pero no es el único vendedor de paletas en la cima del volcán, ya que Celestino Guevara, desde Izalco, acude a diario para ofrecer sus paletas.
«Siempre quise venir a vender aquí arriba. Antes vendía en Casa de Cristal, al pie del volcán, con esta venta pude pagarle la universidad a mi hija y tener casa propia. Gracias a la gente que nos visita y que nos compra he logrado hacerme de mis cosas», dijo.
Tras una escalada de poco más de una hora, que comienzan antes de las 8 de la mañana, ambos vendedores se instalan a la orilla del cráter, donde acomodan su pesada carga y, campana en mano, anuncian su venta, a la espera de los primeros turistas del día, que ven sus paletas como un oasis refrescante que les calma la sed y el cansancio por la subida del coloso de Santa Ana.








