Una amiga le llamó a otra la tarde de un jueves de finales de 2008. Eran tiempos de la Super Mano Dura. Su voz entrecortada denotaba que estaba impactada, atemorizada. En lo poco que pudo contar a través del teléfono detalló que acababa de ver cuando un pandillero atacaba con un machete a la dueña de una tienda. Y ella lo vio todo porque era su rutina de la tarde, tras haber retornado del trabajo, ir a comprar pan dulce para tomar café.
La entonces joven mujer acababa de ver cómo un pandillero cegaba la vida de una persona trabajadora, querida por los vecinos, a la que muchos le debían porque de vez en cuando les daba fiado. Los minutos posteriores de esa dantesca escena fueron de dramatismo, de incertidumbre, de incredulidad.
La amiga relataría luego que, tras ver la barbarie, retrocedió un par de pasos e hizo como que no había visto nada, y luego comenzó a caminar en el angosto pasaje de pequeñas casas, de un típico pasaje de colonia popular de Soyapango. Los 10 metros que debía caminar entre la tienda y su casa de pronto parecían 100 o más, puesto que sus piernas las sentía como paralizadas; quería correr, pero habría sido peor, así que cual si fuera un robot lento fue caminando, paso a paso, lentamente hacia su pequeña vivienda que aún estaba pagando en cuotas.
La puerta de su casa estaba abierta, la joven entró y presentía lo peor, presentía que alguno de los asesinos la estaba siguiendo, ya que ella era, sin proponérselo, testigo de un macabro crimen. Afortunadamente nadie la siguió. Lo que sobrevino en segundos fueron lágrimas de impotencia, de ver cómo la vida de una persona era arrebatada en un santiamén, de saber que la vida le cambiaría, que no podía seguir viviendo tranquila en ese pasaje, en esa colonia.
Los minutos siguientes fueron de angustia, de pensar lo peor tras haber atestiguado lo que en esos años era considerado «normal» en las colonias y los barrios controlados por las pandillas.
Y fue entonces que, ante la desesperación, la testigo optó por llamarle a una amiga, para enterarla del horror, para pedir auxilio. Buscaba respaldo, que afortunadamente obtuvo de inmediato, lo importante era salvar la vida de la mujer y sus dos hijos.
Como pudo recogió las cosas más necesarias para abandonar su vivienda, cambiar su rutina, para vivir. Un pick-up llegaría en un par de horas, antes del anochecer, y antes de que la angustia se transformara en una nueva pesadilla. Esa noche habría sido imposible dormir en esa casa, pensando en todo lo negativo.
Fue así como logró salir, emprender su éxodo que la llevó a otra colonia de Soyapango, y años más tarde a una colonia tranquila de San Salvador, donde se trazó nuevas metas hasta coronarse como profesional. Atrás dejó ese mal recuerdo de una realidad que fue el diario vivir de miles de personas en diversos municipios.
Como esta testigo, solo los que vivieron el horror, la muerte de cerca o que fueron amenazados o extorsionados —ellos o sus familiares—, otros que perdieron su patrimonio o pequeñas inversiones en casas o apartamentos —porque de un día para otro debieron abandonar sus casas— son los que ahora saben el valor de vivir en seguridad, de llegar a casa a cualquier hora, de ir en el micro o en el bus con un celular en la mano, seguridad que todos estamos llamados a cuidar, a transformarla en oportunidades. De usted, de mí, de nosotros, de todos depende.
P. D.: Esta historia es real y es una de las 100,000 que sucedieron en «época de paz» en El Salvador.





