Cuando el presidente Nayib Bukele declaró la guerra a las pandillas al asumir el Gobierno, sabía que se enfrentaba a un problema inmenso. Décadas de desidia, complicidad y corrupción de las administraciones de ARENA-FMLN habían hecho crecer al fenómeno de las maras.
Es más, acuerpados por las mal llamadas «treguas», estas organizaciones criminales se fortalecieron y aumentaron la cantidad de sus integrantes. Jóvenes que llegaban obligados o bajo amenazas y otros que simplemente vieron en el crimen una forma fácil de resolver sus vidas.
La vieja y decadente política que ejercían ARENA y el FMLN los había llevado a ambos a una misma conclusión: las pandillas eran un poder real que había echado raíces en la sociedad salvadoreña. Por cada pandillero había una familia que vivía de sus delitos.
Los maestros lo contaban continuamente: niños pequeños, algunos de parvularia y de primer ciclo, amenazaban a los docentes que les exigían más tareas o que no les calificaban con notas altas. Les decían que su papá, su tío o su hermano marero iban a hacerles pasar un mal rato, si no es que los asesinaban.
Los tentáculos de las maras iban más allá de sus integrantes. Y por eso enfrentarlas implicaba llevar a mucha gente a prisión, porque El Salvador se había convertido en un país sumamente inseguro precisamente porque había muchos delincuentes y muchas personas que colaboraban con esos criminales.
El éxito del Plan Control Territorial dependía de sanear los sistemas judicial y penitenciario y de jueces y fiscales comprometidos con el país, que enviarían a prisión a los pandilleros que las fuerzas de seguridad capturaran.
Ahí estaba el reto: ¿dónde llevar a tantos detenidos? En primer lugar, el Gobierno retomó el control de las cárceles e impuso orden y disciplina, eliminando, además, las señales de telefonía móvil y de internet. Y como eso fue insuficiente, fue necesaria la creación del Centro de Confinamiento del Terrorismo, el Cecot.
Construido como el emblema de la firmeza del Estado contra las organizaciones criminales, fue diseñado para que los delincuentes ahí recluidos no tengan posibilidad de escapar, al tiempo que paguen por los daños causados a la sociedad.
Con capacidad para 40,000 reos, el Cecot se ha convertido en un referente para otras naciones interesadas en replicar el milagro de la seguridad conseguido en El Salvador por el presidente Bukele.
Es un lugar diseñado para que los pandilleros más peligrosos del país jamás vuelvan a las calles. Y es una misión que está cumpliendo a cabalidad.







