Durante las administraciones de ARENA-FMLN, las pandillas surgieron, se fortalecieron y establecieron altos niveles de organización. Se ampararon en las leyes que el lobby internacional le impuso al país y lograban salir de prisión con el argumento de violaciones de sus derechos. Convirtieron a niños en asesinos porque las leyes les daban menos castigo.
En la Colombia de los años ochenta del siglo pasado, el narcotraficante Pablo Escobar formó un ejército de adolescentes pobres dispuestos a servir como sicarios para matar a policías, políticos y magistrados. El capo fue abatido por las fuerzas de seguridad en 1993, pero el intento de asesinato de Miguel Uribe, un senador que aspira a ser presidente, recordó que la herencia de Escobar sigue viva.
El atacante —que se sabe que no actuó solo— tiene 15 años y, a pesar de los múltiples videos (de personas que asistían a la reunión en un parque, de cámaras de seguridad y de medios de comunicación) se declaró inocente.
El fenómeno no es aislado. Bandas criminales utilizan a menores de edad por lo mismo que las maras lo hacían en El Salvador: el marco jurídico es diferente al de los adultos y contempla penas muy leves.
Cuando entró en vigencia el régimen de excepción, un pandillero menor de edad fue detenido y luego, debido a esas leyes impuestas por el lobby internacional, fue puesto en libertad y mató a un policía jubilado.
El Salvador entendió que quienes cometen crímenes y son integrantes de pandillas seguirán haciéndolo, independientemente de si son menores de edad. Es más, el Estado está en la obligación de detener a cualquier delincuente porque su edad no es obstáculo para quitarle la vida a un ciudadano.
Las leyes aprobadas, el régimen de excepción, las reformas y la depuración del sistema de justicia son componentes de la exitosa política de seguridad implementada por el presidente Nayib Bukele.
La influencia y el poder de las pandillas llegó a ser tan grande —por negligencia, complicidad y oportunismo político de ARENA-FMLN— que desmontar estas complejas estructuras delincuenciales es una tarea titánica. No se puede tolerar ninguna actitud favorable a las maras, porque esa inacción fue el fertilizante que las convirtió en crimen organizado.
El Salvador, gracias al presidente Bukele, vive una transformación, un proceso que exige no bajar nunca la guardia y estar vigilantes en todo nivel.







