Venezuela ha experimentado cantidad de golpes de Estado y la imposición de dictadores, considerando el golpe de 1958 que derrocó a Marcos Pérez Jiménez, que había gobernado de facto por más de 10 años, hasta el intento de golpe de Hugo Chávez. Una vida política inestable y condenada al martirio de los poderes absolutos, impuestos por la boca de los cañones a la población venezolana.
Sabemos de una Venezuela con una historia fundamental, esforzada por un gran libertador, glorificado por liberar del despotismo colonialista a cinco repúblicas. Esto le da a Venezuela un sitial histórico como precursor de la independencia nacional.
Los venezolanos, entonces, fueron formados con la gloria de la libertad como la fuerza y valor más importante de la convivencia, ejemplo de soberanía frente a cualquier otra cualidad de convivencia política. Vivimos, nos formamos ciudadanos excelsos, honrados por tener esa maravillosa historia. Sin embargo, impunemente violados por los intereses personales de una manada de engendros amantes del golpe de fuerza, truhanes enemigos de las propuestas democráticas, dispuestos siempre a destruir nuestra naturaleza libertaria: 1908, 1945, 1948, 1958, 1992… 2002.
Es realmente una escalada de golpes de Estado, no sé si tiene hasta récord en Latinoamérica. Pero ha sido todo un calvario político que no permite estabilizar social ni económicamente a un país y establecer un verdadero camino de desarrollo social o progreso.
En esa historia se gestan generaciones que terminan concibiendo esa forma de gobernar como solución expedita a las ambiciones de poder y de imponer regímenes adecuados a intereses personales o de grupos socioeconómicos que ven en esa actuación de facto una posibilidad de obtener las rentas del poder.
El Consejo Nacional Electoral de Venezuela le dio la victoria a Nicolás Maduro en las elecciones presidenciales sin presentar los resultados desglosados por mesa y centro de votación.
El Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela sentenció que era constitucional que, al morir el presidente, el vicepresidente asumiera el cargo de presidente encargado, y que no existía ningún impedimento legal para que este pudiera presentarse a las elecciones. Ese mismo día, Maduro prestó juramento como presidente encargado de Venezuela ante la Asamblea Nacional en el Palacio Federal Legislativo. A la muerte de Hugo Chávez asume Maduro el poder y ahí se quedó por mandato de aquellos románticos seguidores de Chávez, a diferencia de que éste era un hombre contaminado con el monstruoso quehacer del negocio de las drogas, y fue el camino que impuso en toda su influencia política como dictador, resguardado por lo que fue el pensamiento chavista.
Maduro creó una gran empresa con el tráfico de las drogas, carteles, circulación internacional, especialmente conectado con los mercados de la droga en Estados Unidos, organizó carteles para el comercio latinoamericano, a la sombra de una política supuestamente socialista, o «comunista».
Llevó a Venezuela a la miseria total, desperdicio y destrucción realmente infrahumano. El desempleo, hambre del pueblo, la desesperada emigración de casi siete millones de venezolanos a buscar apoyo para el mantenimiento de sus familias, y con el terrible rechazo de muchos países por las circunstancias económicas y sociales que vive el mundo hoy.
Más de 13 años de dictadura y sin esperanzas de penetrar en un sistema electoral maniatado por él y sus secuaces, era hora de que le dieran un escarmiento. ¿Intervención extranjera? A mí me criaron con un estribillo ante toda acción foránea contra Venezuela: «¡Yankee go home!».
El pueblo venezolano deberá despertar y evaluar lo que hacen el hermetismo de los sueños y las fábulas del fanatismo cuando nos adherimos a concepciones idealistas. Determinar qué es lo que realmente queremos para nuestro país y luchar por lograrlo.






