Con la lectura del título cualquier lector podría pensar que ante la injusticia lo lógico es repudiarla y, ciertamente, ese punto no está en discusión, ante la injusticia el repudio y la denuncia son ineludibles; lo que se está planteando aquí es que la frustración de la persona que observa o es víctima de injusticia solo le da poder al injusto que la mira, además del daño hecho, con un sufrimiento extensivo y por tal se vanagloria de haber logrado el cometido.
Es preciso que al violentador de la dignidad no se le dé más poder que aquel que su cargo le ha otorgado; pues toda injusticia, llámese estatal, institucional, religiosa, política, laboral (que es donde más injusticias hay, sobre todo en la empresa privada) proviene de un violentador, de una persona que, valiéndose de su cargo, somete la dignidad del otro ante su propia incapacidad intelectual y emocional. Ya lo expresaba sabiamente el rey Salomón «El que justifica al impío y el que condena al justo ambos son abominables delante de Dios».
De tal manera que lo necesario es comprender la esencia de la injusticia para saber cómo confrontarla, enfrentarla y desmontarla. Puede haber cientos de posturas al respecto, sin embargo, me avoco a lo que la experiencia, la filosofía y los grandes místicos han dicho al respecto. La injusticia nace de una conciencia dormida que, sistematizada en diversas personas inconscientes, se vuelve institucionalizada y por tal colectiva.
Sin embargo, la esencia de la injusticia está ligada a ciertas características principales de una persona inferior, que suele ofrecer una máscara de superioridad para no dar sospechas de sus miserias. El hombre mediocre que no conoce límites a su abuso, más que aquellos límites de su propia incompetencia, busca por todos los medios, ya sea de forma descarada o simplemente con una sonrisa y voz suave al estilo elegante, denigrar la dignidad de la persona que está a su cargo y esa injusticia puede frustrar a cualquiera.
Pero, insisto, la frustración solo es darle más poder, mejor sería tomar la adecuada actitud psicológica, es decir, entristecerse por dentro por el acto reprobable, pensar las causas y efectos de la misma injusticia, tomar las decisiones necesarias para no mostrarse débil ante la o el violentador, y dejarle claro al injusto que nada que haga mermará el espíritu libre, la capacidad notoria, la dignidad otorgada por la divinidad y el silencio de un sabio ante la desfachatez de su propia miseria humana.
Quizás y solo quizás el pasaje bíblico de Lucas 6:29 «Y al que te golpee en la mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa ni aun la túnica le niegues. Y a cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no se lo reclames», es muestra clara no de humildad ante la denigración, sino sobre todo de grandeza interior. Dar la otra mejilla es mostrar al agresor que su daño no es suficiente para quitar la dignidad, y que darle la otra mejilla es mostrarle superioridad a su vil y cobarde acto.
Así pues, la grandeza del violentado radica en no frustrarse ante la injusticia, pues ello no supera el acto injusto, pero hacer algo al respecto y mostrar mayor grandeza y clase ante el agresor, por medio de una actitud de tranquilidad, esa sí es una real y comprometida actividad de mejorar el hecho a lo mejor no bien realizado y por lo cual fue dañado. Sobre todo, es dejarle claro a la cultura de la injusticia que la denuncia, el repudio y la lucha interior pueden más que el ínfimo poder con el que cuenta el agresor.
Normalmente en culturas en las que impera la injusticia de forma generalizada (no hablo de las sociedades de real mérito y meritocracia), los puestos de jefatura en todos los ámbitos son dados al que menos mérito intelectual y de prestigio posee; son más bien ofrecidos a aquel que por su propia incompetencia interior muestra una total complicidad y alabe de sus superiores, para así alcanzar puestos sin mérito, sino por medio del halago falso y la complicidad ante las injusticias.
Pero eso no debe frustrar al humilde ni al pobre ni al asalariado ni al justo ni al consciente ni al que se ama ni al que sirve y lucha; al contrario, el hombre y la mujer de mérito debe observar la agresión con lástima real hacia el agresor, lástima que es la que se le tiene a los mamíferos inferiores conocidos como animales, ya que en su propia miseria el violentador/a no puede hacer más que lograr las cosas a través del daño, la intriga, la complicidad y la verborrea.
Mientras que el que tiene claridad de quién es y de lo que hace con amor, debe anteponer a su sufrimiento el mejoramiento de su propia persona y la confianza de tranquilidad que posee, ya que no debe nada a nadie y, ante todo, es más grande en todos los aspectos que esa miserable criatura humana que le ha violentado. Insisto en la postura que he planteado ya en varias columnas: no tomes como personal ningún daño que te hagan, pues lo hacen al concepto o idea que tienen de ti y tú eres más que una idea.
Eres ante todo superior a ese agresor, que solo posee en sí el pequeño poder de su cargo. Mientras que tú, querido lector agredido, posees dentro de ti el universo entero, al Dios vivo entero y la verdad que se defiende sola y te dará en su tiempo el trofeo del agradecimiento propio de una persona digna. Ya lo decía el barón de Montesquieu Charles-Louis de Secondat: «La injusticia hecha a uno solo es una amenaza dirigida a todos. Los más desgraciados no son los que sufren las injusticias, sino los que las cometen».
¡Menuda verdad que se ha de hacer carne viva en el que sufre, dejándole claro al violentador que solo cuenta con su amor propio, que ya en sí es insignificante prepotencia de emociones internas!






