La historia educativa de El Salvador guarda momentos cruciales en los que se definió el rumbo de la universidad pública y, por ende, del pensamiento crítico e ilustrado de la nación, la conciencia crítica del país.
Entre 1963 y 1967 la llamada Reforma Universitaria representó un parteaguas para la Universidad de El Salvador (UES). Fue un período que viví intensamente junto con la generación prominente del pensamiento y el conocimiento científico con extensión y alcances nacionales. Más que un movimiento académico, fue la creación de un paradigma de disciplina científica, rigor intelectual y compromiso con el país.
En ese contexto, figuras notables como el decano de la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales e ideólogo de la democracia cristiana doctor Roberto Lara Velado; el reconocido y distinguido internacionalista doctor Alfredo Martínez Moreno; el ideólogo de la Constitución Política de El Salvador de 1950, pilar de fundamentos sociales aún vigentes, doctor Reynaldo Galindo Pohl; y el exrector de la UES y destacado procesalista civil doctor José Napoleón Rodríguez Ruiz; el antropólogo y destacado sociólogo Dagoberto Marroquín; aportaron una visión renovadora que buscaba insertar la ciencia y el derecho como columnas del desarrollo nacional.
Esa generación, acompañada de auxiliares de cátedra de la talla de futuros notables profesionales —José Albino Tinetti Quiteño, Salvador Navarrete Azurdia y Mario Francisco Valdivieso Castaneda—, demostró que la disciplina y el pensamiento crítico podían ir de la mano para construir un país distinto.
No se trataba únicamente de modernizar los planes de estudio: el espíritu de la reforma se orientaba a la formación de una juventud íntegra, crítica y capaz de dialogar con las realidades de su tiempo. La Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales se convirtió en la vanguardia de este proceso, generando espacios de debate y reflexión que trascendían las aulas. El periódico transcendental «Opinión Estudiantil», que data en su fundación de los años treinta, fue tribuna para una juventud consciente e ilustrada que se atrevió a opinar sobre política nacional, relaciones internacionales, economía, literatura y cultura.
Hoy, casi seis décadas después, el sistema educativo salvadoreño enfrenta un dilema parecido, aunque en circunstancias distintas. El nombramiento de la capitán Karla Trigueros al frente del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología abre una oportunidad para la UES, puesto que representa el esfuerzo de devolver a la educación un sentido de orden, disciplina y valores. Su liderazgo, marcado por un perfil militar, se presenta como un punto de inflexión: ¿Puede la disciplina convertirse de nuevo en eje articulador de la educación superior y de todo el sistema educativo nacional? La comparación con la reforma universitaria de los sesenta es inevitable, aunque las realidades políticas y sociales sean distintas.
En este contexto, la UES debería ser el motor de esa transformación con el impulso del Ministerio de Educación. La UES debe estar a la altura de los cambios de la nueva era que el país exige. Debe estar dispuesta a evitar gestiones burocráticas y decisiones tardías, debe garantizar una visión estratégica tal y como lo hacen las universidades públicas de la región: avanzan en internacionalización, investigación aplicada y desarrollo tecnológico.
La universidad debe conectarse con los grandes debates nacionales, orientar a la juventud hacia soluciones de fondo para los problemas del país.
El Salvador enfrenta hoy retos enormes: migración, cambio climático, transformación digital y búsqueda de oportunidades para la juventud. Ante este panorama, la universidad pública debería ser la voz más fuerte y clara del pensamiento crítico, dejar atrás el conformismo que producen profesionales sin articularse con las necesidades del desarrollo nacional. Lo más grave es que, mientras esto ocurre, miles de jóvenes depositan su confianza en la UES como única opción accesible de educación superior, encontrándose con programas sin actualización y limitadas estructuras para sostener un modelo educativo moderno de cara a la realidad regional y, aun más, mundial. «Lo público debe ser mejor que lo privado», tal y como señaló el presidente Nayib Bukele.
Es urgente una nueva reforma universitaria, una que no se limite a modernizar currículos, sino que se atreva a colocar a la UES en el centro de la innovación científica, de la investigación aplicada y de la soberanía de conocimientos. La universidad debe dialogar con las comunidades, con el sector productivo, con los nuevos desafíos globales. Solo así se rescatará la visión de la disciplina como motor de transformación.
El espíritu de los reformadores de 1963-1967 nos recuerda que hubo un tiempo en que la UES fue el corazón ilustrado de la nación, capaz de formar generaciones críticas y valientes. Hoy, esa grandeza parece lejana, pero no está perdida. La ciudadanía debe exigir a la UES un cambio real: que se asuma la universidad como proyecto nacional y no perderse en asuntos administrativos sin estrategia académica. Porque sin una universidad pública fuerte, crítica y disciplinada, el país seguirá condenado a reproducir sus desigualdades y a perder el talento de su juventud.
La UES pertenece al pueblo salvadoreño. Y el pueblo tiene derecho a reclamarle grandeza, disciplina y compromiso. El momento de la nueva reforma es ahora, porque es parte de la transformación nacional. Serán la sociedad, los estudiantes y los docentes comprometidos quienes deberán impulsar esa transformación de la mano del Ministerio de Educación. El futuro de El Salvador exige una universidad a la altura de su historia y de su pueblo, de las transformaciones nacionales que hoy goza.





