La corrupta vieja clase política llegó a decir que El Salvador no tenía remedio, que la violencia que padecía el país era producto de un diseño estructural e histórico, que la delincuencia y las maras eran un producto social y que jamás en la vida el pueblo salvadoreño iba a vivir en paz. Nos pedía resignación y sometimiento a un sistema injusto que mantenía en pobreza a un gran segmento de la sociedad.
Salvador Sánchez Cerén, segundo presidente del FMLN —excomandante guerrillero, prófugo de la justicia y ahora nacionalizado por el régimen orteguista—, llegó a decir al citar a su antecesor, el también efemelenista y prófugo por corrupción Mauricio Funes, que «ningún Gobierno ha salido bien en el tema de seguridad porque el país es inseguro desde hace muchas décadas».
Se basaba en lo que él, Funes y sus socios de los gobiernos de ARENA habían hecho: convertir a El Salvador en la capital mundial de los homicidios, con más violencia que países en guerra y con territorios bajo control de las pandillas y el crimen organizado.
Tanto ARENA como el FMLN negociaron con las pandillas para obtener beneficios electorales y llegaron a pactar vergonzosas «treguas» como parte de un sistema institucionalizado de extorsiones, avalado incluso por representantes de organizaciones internacionales, como la OEA, y por diferentes actores nacionales.
Al pueblo salvadoreño no le costó identificar en Nayib Bukele al líder que necesitaba para superar esta situación. Y así cambió la historia. En su primer mandato, el presidente Bukele declaró la guerra a las pandillas y logró lo que los antiguos gobernantes decían que era imposible: desarticular a las maras y enviar a sus integrantes y colaboradores a la prisión.
Los aliados del viejo «statu quo» han intentado, por todos los medios a su alcance, volver al pasado para reinstaurar una inseguridad generalizada y han pedido liberar a los pandilleros detenidos con el argumento de supuestas violaciones a los derechos humanos, como si preservar la vida de millares de salvadoreños, así como el producto de sus esfuerzos y liberar al país del terrorismo de las maras, no fuera suficiente. Abogan por criminales y no se atreven a reconocer que el país está mejor sin las pandillas.
El Salvador no regresará al pasado. Ahora es un pueblo que disfruta de la paz y la seguridad, sueña en grande y se prepara para las grandes transformaciones que vendrán en el segundo mandato del presidente Bukele.





