Esta historia comienza con el encuentro de unos de mis ídolos de cipote, no era el Che Guevara o Fidel Castro, era el gordito que personificaba El Gato del 4.
Pues resulta que un día en la 7th y Vermont, me encontré con Pedro Andrade y para mi sorpresa era quien en El Salvador se metía en un tortuoso y sudoroso traje del Gato del 4; él junto a Miguelito Aguilar, eran parte del elenco que conducía Jardín Infantil. Pedro venía de hacer teatro en Sol del Río 32; pero clandestinamente, los fines de semana se disfrazaba de Gato del 4 (aquí era al revés el asunto de la clandestinidad).
Pedro llegó a Los Ángeles y quería desquitarse de sus labores diarias que ejercía en los edificios de apartamentos angelinos de plomero, pintor, poner alfombras, destapar tuberías de los edificios donde trabajaba y ejercer su gran pasión: el teatro.
Con él, Gustavo, Alejandra, Quesadilla, la Abuela, Alejandro (el pájaro) y varios más, fundamos el grupo de teatro “La Semilla” en Casa El Salvador. Nos pintábamos de mimos y recreamos sketch sobre vivencias y las clásicas de mimos: El moco, Drácula, La bicicleta, El muro imaginario. Hicimos presentaciones en Teatro Fiesta de la Pico y Alvarado, la Placita Olvera, en la United Methodist Church de la 8th y Normandy y nos fuimos de gira a San Francisco. Hasta el método Stanislavsky nos enseñó Pedro.
Con Pedro entendí en carne propia el famoso poema de los hace lo todo, los véndelo todo, los cómelo todo. Si, los fines de semana hacíamos teatro, de lunes a viernes me llevaba a trabajar en jardinería y fontanería. Un día trabajando en una residencial exclusiva cerca de la Wilshire y La Brea pasó un Rolls Royce frente a nosotros justo en el momento que instalábamos el timer de riego, el conductor nos pitó y Pedro se acercó para ver qué ondas. Con su inglés tatarata entendió que el conductor le preguntó si nosotros podíamos podar palmeras. Pedro como típico hacelotodo le dijo que sí, que era su especialidad.
Una vez su fue el nuevo cliente me dijo matado de la risa que ya teníamos nuevo contrato, que íbamos a limpiar palmeras. Sólo quien ha estado en Los Ángeles sabrá que las palmeras de esta ciudad son totalmente diferentes, además de ser un icono del paisaje urbano son flacas, no dan cocos y son ¡altísimas! Yo ingenuamente pregunté cómo le haríamos, su mirada penetrante lo delataba diciéndome que era yo quién me treparía y me encargaría de deshacerme de las palmas secas. …” vos estás loco” le dije “si yo a lo más que me he trepado son a palos de jocotes y guayabas”.
Después de una discusión de materialismo dialéctico logré convencerle que fuéramos a contratar en una de las esquinas de Home Depot a un jornalero que seguro ahí encontrábamos a alguien que tendría los dotes de mico. Cabal, al preguntarle a un grupo como de 50 salió un chapín que nos dijo que se había criado en Puerto Quetzal bajando cocos.
Hicimos una lista de instrumentos de trabajo que necesitaría para tal tarea: Un serrucho, lentes protectores, un buen lazo, un arnés y por supuesto una ¡larga! escalera.
Llegamos caminado tipo una escena grabada a 120 cuadros como un escuadrón de expertos limpia palmeras a la residencial. Como no existía Google ni YouTube para ver un tutoríal de como asegurar al trepador para tal heroica tarea, lo amarramos bien y poco a poco lo hicimos subir, aquello parecía como si fuese sacado de una película muda donde suben con una polea un piano para meterlo por una ventana.
Una vez arriba, comenzó nuestro héroe a serruchar una a una, todo marchaba bien y Pedro ya se imaginaba que había descubierto un servicio que lo llevaría a conquistar el sueño americano. Lo hice despertar de su sueño cuando gritando y señalando arriba le dije que nuestro Rockefeller estaba colgado como un péndulo y no reaccionaba. El chapín se hirió un dedo y al ver un par de gotas de su sangre se desmayó pues desde niño tenía fobia irracional a la sangre. Afligidos no sabíamos qué hacer para despertarlo y el pánico que se nos fuera a caer de sopapo.
A todo esto, desde la ventana de la casa, el dueño que nos había contratado era ni más ni menos que Cassius Clay, mejor conocido como Mohamed Ali, quien estaba matado de la risa al ver el show, no muy alejado una escena de los 3 chiflados, al final el campeón de boxeo más importante de la historia decidió llamar a una empresa especializada y hasta ahí llegó el emprendimiento de mi querido Pedro. Lástima que el celular no había llegado aún y no pudimos tomarnos la selfie.
PD: Esta semana se nos fue Luna, espero que sea la última noticia negativa del año. Luna fue una perrita que se ganó el corazón de todos los que le conocieron. Desde el primer día que llegó a casa nos cambió la vida, una perrita incansable, no había pelota que no persiguiera, palo que no rastreara y plato de comida que despreciara. En el mar y piscinas era insaciable, con ella aprendí a tragos y rempujones a caminar por el bien de mi salud y la sanidad mental de ella.
Luna nos deja un gran vacío, pero sé que al final del arcoíris más temprano que tarde me estará esperando para ayudarme a cruzarlo.







