Recién pasada la guerra civil, entre 1998 y 2002, hubo en nuestro país un promedio de 100 secuestros cada año. Unos eran cometidos por expolicías, como el del niño Villeda Kattán, y otros por exguerrilleros del FMLN, como el del niño Andrés Suster.
Pero esas mismas bandas de plagiarios se dedicaban además a robos de bancos, establecimientos comerciales y furgones con mercadería. Para entonces las pandillas, que también se dedicarían al asesinato, secuestro, extorsión y robo, estaban en su fase de surgimiento y desarrollo.
Todo eso fue lo que convirtió a El Salvador en el país más peligroso y violento del mundo. Y ese horror tiene su historia, una historia que no podemos ni debemos olvidar.
Por eso comienzo con esta columna la historia del primer secuestro extorsivo ocurrido en nuestro país, mismo que relaté en detalle en mi libro «Héroes bajo sospecha».
Sin más dilación inicio la saga. El general José Alberto Medrano aparcó su Pontiac plateado frente al portón sur de Casa Presidencial. Dejó su Colt 45 en la guantera, bajó del auto y cruzó la calle. Los guardianes de seguridad no le rindieron el saludo militar correspondiente, pero le franquearon el paso con prisa temerosa y en silencio.
Él tampoco dijo nada y se encaminó por el patio arbolado hacia al despacho del señor presidente de la república, general Fidel Sánchez Hernández, quien apenas unos momentos antes lo había convocado por teléfono a una reunión privada de suma urgencia. Sánchez Hernández estaba solo.
Era calvo, regordete y bajito. Al evocarlo en el libro «Lo que no conté acerca de los presidentes militares», Waldo Chávez Velasco anotó: «Al verlo por primera vez, por su pequeña estatura y su sonrisa cristalina me fue difícil no pensar en uno de los enanitos de Blanca Nieves». Esa era la imagen, pero sus allegados sabían que era astuto y frío.
Medrano era alto y corpulento. Tenía el cabello rubio y los ojos verdes. Jorge Pinto, en su libro «El grito del más pequeño», lo describe así: «Sumamente mal encarado, parece un auténtico gorila blanco. Su fealdad inspira terror. Uno se lo imagina matando, torturando».
Se había ganado a pulso esa reputación. Sánchez Hernández llenó dos vasos de whisky y puso uno frente a Medrano. Lo que sucedió después consta en declaraciones judiciales divulgadas por los periódicos, y en la memoria de quienes estuvieron cerca de esos acontecimientos.
Haber leído aquellas, y entrevistar a varios de estos, me permite ensayar una reconstrucción aproximada de los hechos. Eran las 9:30 de la noche del jueves 1.º de febrero de 1971. Doce horas antes, en la colonia Escalón, de San Salvador, había sido secuestrado Ernesto Regalado Dueñas, un joven magnate agroindustrial, descendiente de presidentes de la república por ambas ramas de su familia.
Los Regalado Dueñas eran la cabeza de la élite económica salvadoreña, conocida como las 14 familias, o simplemente como la oligarquía. Jorge Pinto, al referirse al joven secuestrado, dice en su libro: «Su padre lleva la batuta de las 14 familias. Ernesto Regalado Dueñas parecía ser el heredero de la conducción de esa cúpula oligárquica».
El sargento Juan José Castillo, de la sección especial de la Guardia Nacional, llegó a la esquina de la 103.ª avenida sur y el Paseo General Escalón unos 20 minutos después de ocurrido el secuestro. La información disponible hasta ese momento era escasa.
Lo que se sabía era que, a eso de las 9 de la mañana, un Volkswagen gris se detuvo en esa esquina, bloqueada parcialmente por unos trabajadores que al parecer se preparaban para reparar unas tuberías subterráneas.
De pronto aparecieron tres hombres armados, encañonaron al conductor del Volkswagen gris, subieron al auto y partieron con rumbo desconocido. Eso era todo. (Continuará).





