La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos (EE. UU.) ha significado una revolución no solo dentro de la política interna del país, sino también en su política exterior.
Luego de tres años de una guerra de desgaste en el Donbass, Rusia mantiene la iniciativa, ocupando un 20 % del territorio (Donetsk, Lugansk, Jerson, Zaporiyia y Crimea), ha destruido buena parte de la infraestructura logística de Ucrania mediante bombardeos selectivos contra instalaciones eléctricas, hoteles donde se alojan mercenarios, almacenes de armamento occidental procedente de EE. UU., Inglaterra, Alemania, Francia y otros países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
No es realista que Ucrania vaya a ganar la guerra y a recuperar los territorios ocupados por Rusia. Este es el primer factor concreto del cual parte Donald Trump para terminar la guerra y evitar que sigan muriendo millones de personas. Y para ello considera que es necesario priorizar las condiciones a Rusia, principalmente las exigencias básicas de Vladímir Putin: mantener bajo bandera rusa los territorios rusófonos liberados de Ucrania, desnazificación del Gobierno y Ejército ucranianos, descartar el ingreso de Ucrania a la OTAN y convertir a Ucrania en una nación neutral, un puente entre Europa del Este y el Oeste.
Los equipos negociadores de Trump y de Putin han trabajado incansablemente sin tomar en consideración la opinión de los ucranianos ni la de los europeos, que claman por estar en la mesa de las negociaciones. Alguien decía al respecto que, si no estás en dicha mesa, es porque eres parte del menú.
Europa sufrirá consecuencias devastadoras, pues EE. UU. exigen a los europeos asumir los gastos de defensa continental de la OTAN y aumentar sus presupuestos militares. Para los europeos, que han gozado por 80 años de la protección militar bajo el paraguas americano, y que hoy constituyen prósperas sociedades de bienestar social, ello significa iniciar una cultura de guerra entre la población, sacrificar los gastos del Estado de bienestar en astronómicos gastos bélicos, movilizar militarmente a los jóvenes europeos que nunca han visto una guerra.
Son tiempos de transformaciones urgentes que en otros períodos de la historia hubiesen tomado décadas. Donald Trump está desmontando el modelo liberal de EE. UU., basado en las inversiones del complejo militar industrial del Pentágono y en promover guerras por el mundo. Trump, como empresario y agente inmobiliario, está contra las guerras, que impiden hacer negocios. La nueva administración ha desajustado en pocas semanas la agenda 20-30, la agenda verde, impulsadas por los demócratas globalistas y grandes capitalistas como George Soros, Black Rock, Hollywood, el Foro Económico Mundial. Perdieron en mala lid a manos de los antiguerreristas como Tulsi Gabbart o Robert Kennedy Jr.
Las actuales condiciones geopolíticas han cambiado sustancialmente desde «el fin de la historia» que para algunos neoliberales significó el derrumbe del campo socialista y el surgimiento de una hiperpotencia mundial, bajo la égida de la llamada Pax Americana, cuya existencia podría datarse de noviembre de 1989 con el derrumbe del muro de Berlín hasta 2008 con la crisis financiera mundial producida por las burbujas inmobiliarias, el colapso de la economía europea y la recesión subsiguiente a escala planetaria.
Actualmente han surgido otros actores, la globalización se desvanece como una pompa de jabón, y la tendencia mundial es la regionalización de los teatros de influencia, donde ya no hay espacio ni condiciones geopolíticas para un mundo unipolar, que ha fracasado. Trump y las nuevas élites gobernantes en Washington han aceptado pragmáticamente el surgimiento de un mundo tripolar encabezado por EE. UU., Rusia y China.
El planeta es un pastel repartido a tres polos con sus respectivas zonas de influencia, aceptado a regañadientes por EE. UU. Por un lado, EE. UU. retoma la doctrina Monroe de «América para los americanos» transformada en neomonroísmo agresivo que reclama para sí el canal de Panamá, Canadá, la adquisición de Groenlandia, la intervención en México para acabar con los carteles de la droga y la producción de fentanilo, según la argumentación oficial.
Una segunda zona de influencia la lidera Rusia, que ejercerá su hegemonía sobre Europa, cuando las aguas vuelvan a su remanso y los europeos sientan la necesidad del gas y del petróleo rusos baratos, de buena calidad y accesibles, que los gasoductos rusos les pueden abastecer, para que de nuevo florezcan sus fábricas y vuelva la cómoda calefacción de invierno a los hogares del Viejo Continente. Esta zona de influencia llega incluso hasta Japón, país que, por razones históricas, no podría ser incluido en la tercera zona de influencia, la de China, por sus lazos históricos antagónicos llenos de sangre, saqueo y colonialismo hacia China, de parte del imperio japonés durante siglos.
China, la tercera potencia mundial, ejerce su dominio económico en los países asiáticos y africanos, en parte gracias a su proyecto insigne planetario, La Ruta de la Seda, que mantiene su influencia financiera sobre buena parte del planeta, incluido EE. UU.
Lo de Ucrania puede terminar con Rusia quedándose con los territorios ocupados, Estados Unidos con las riquezas minerales, las tierras raras de Ucrania, y con el negocio de la reconstrucción de las ciudades destruidas por la guerra, añadiendo un papel neutral a Ucrania. Europa queda reducida a la insignificancia. Su principal problema: no tiene producción energética y gasística de gran potencia para alimentar el continente.
Tanto Rusia como EE. UU. son primeras potencias mundiales productoras de gas y petróleo, y emergen como las ganadoras de esta guerra, donde, curiosamente, China, aunque no posee hidrocarburos como el petróleo, el gas natural y el carbón, debe su inclusión en esta tríada hegemónica planetaria fundamentalmente a que es ya una de las primeras potencias económicas del mundo.






