En mis estudios académicos de nivel básico y medio con frecuencia escuchaba diferentes frases motivacionales orientadas a que mi esfuerzo sería recompensado, a corto o largo plazo. Pero sin importar si creía o no en mis capacidades, eran frecuentes las comparaciones con estudiantes ejemplares y se nos decía que todos podíamos ser así, siempre y cuando nos propusiéramos esa meta. Esto se repetía en los hogares: si se obtenían notas de siete u ocho era común escuchar puedes sacarte 10, si te lo propones; y estoy completamente convencido de que es cierto. Pero cuántos malinterpretaron este estilo de causa y efecto que de adultos piensan que de no ser los mejores algo está mal en ellos.
Hace ya varios años practicaba un poco de ejercicio y había movimientos que me parecían increíbles. Cuando empecé a practicar pensaba que era imposible; me reía cuando el profesor decía que todos podríamos lograrlo. A medida que pasaba el tiempo pude ver a compañeros que lo hacían y aún me parecía increíble. Hasta que un día dijo el profesor: «Si ustedes no creen que pueden hacerlo, jamás lo van a lograr». Tremenda lección la de ese día. Si yo no creía en mis capacidades, no podría lograr lo que deseaba aunque hubiese desarrollado todas las demás habilidades. Creer en mí era el complemento clave.
Creer en nosotros es difícil porque desde pequeños se nos ha enseñado que las habilidades se deben aprender y así, sin más, nos llevarán a lograr todo lo que nos proponemos.
El día de hoy quiero decirles basta de comparar a los estudiantes que obtienen calificaciones excelentes con los demás que no lo han podido lograr. No es simplemente porque no puedan, antes de expresar cualquier consejo con una intención positiva debería recapacitar en las diferentes situaciones que pueden estar viviendo. ¿Tendrá su familia dificultades económicas? ¿Estará un familiar luchando con una enfermedad? ¿Sus padres estarán teniendo dificultades en su relación?
Basta ya de comparar a nuestros hijos con otros niños que tienen habilidades diferentes, reflexionemos. ¿Cuánto tiempo en horas estamos dedicándole a nuestros hijos y de calidad?, ¿tenemos un horario establecido y reservado para disfrutar a nuestros hijos y apoyarlos también en sus estudios?, ¿este tiempo de calidad es por semana, una vez al mes, o cuando nos queda tiempo? Recordemos que nuestros hijos son el resultado de la forma en la que nos relacionamos con ellos y del ejemplo que les damos.
Basta ya de querer lograr lo que otros hacen y que consideramos mejor de lo que nosotros queremos hacer, si creemos en nosotros y lo integramos con el esfuerzo adecuado podremos lograr lo que nos proponemos. Si mis amigos se dedican al emprendimiento, ¿debo hacerlo también yo? Si las personas laboran fuera del país, ¿estoy mal si no lo hago yo? ¿Solo los jóvenes pueden aspirar a lograr metas personales? Hay mucho que reflexionar en estas preguntas, pero únicamente nosotros podemos responder.
En la mayoría de las ocasiones creamos nuestras propias limitantes. Es primordial empezar a creer en nosotros mismos; estimulemos a nuestros hijos a creer en ellos, seamos los creadores de nuestra estabilidad mental y emocional.






