Los grandes retos solo son aceptados por valientes. Aquellos que tienen el corazón firme y encaran con estrategia y esfuerzo cualquier misión por imposible que sea. Naturalmente, poniendo a Dios en primer lugar.
Aceptar el desafío de cambiar más de 40 años de la historia que nos obligaron a vivir los poderes fácticos es de bravos, en el sentido de actuar con valor y determinación ante situaciones arriesgadas o difíciles.
Lo cómodo era continuar con el guion que acostumbran a dictar los señores que mecen la cuna política a fuerza de billetes verdes o privilegios. Por eso no sorprende que a los ricos se unieran nuevos personajes con harto dinero, quienes aprendieron a meter la mano, a degustar las mieles del placer que no tenían en las casas de cartón o tatús.
Esos que jugaron «mica» con sus hermanos areneros, alternándose el descalabro de la conducción de El Salvador, mientras se repartieron el botín de los ingresos del Estado provenientes del bolsillo de los salvadoreños. Pero todo cambió.
En el mundo, ahora, reconocen la valentía y el coraje del joven líder que conduce los destinos del país por el camino correcto, aunque eso signifique enfrentar personajes maquiavélicos, conspiradores, asesinos, ladrones y de los que son capaces de vender su alma al diablo con tal de volver al sistema corrupto y nefasto del que comieron por décadas en detrimento del pueblo y sus necesidades.
Cada día hay expresiones de admiración de ciudadanos, funcionarios y políticos de otras naciones para el presidente Nayib Bukele por enfrentar los grandes problemas del país que cobardemente no asumieron los gobiernos areneros y efemelenistas, que prefirieron aprovecharse de la situación crítica y
de inseguridad del pueblo para incrementar sus ganancias con privatizaciones en educación y salud, droguerías, agencias de seguridad, venta de armas y ganar gobiernos con los votos de grupos criminales, a los que ahora exigen que no sean sometidos a la justicia y se les dé libertad para seguir asesinando, robando y extorsionando al pueblo.
Ya se conocen los movimientos de estos mismos cobardes y corruptos para la conformación de un solo frente unido con la intención de recuperar el poder o menoscabar la gobernabilidad con ayuda extranjera, sus periodistas, sus organizaciones fachadas de «defensa de derechos humanos y sociedad civil», personajes rastreros que poseen una hoja de vida delictiva, religiosos mercaderes, entre otros.
La carne al asador. Pero en guerra cantada, no hay soldado muerto.
El presidente Bukele sigue enfocado en resolver los problemas de la población, de prepararse ante las grandes crisis globales que están golpeando a todas las naciones para encontrar las mejores acciones que protejan a las familias salvadoreñas, como lo ha hecho hasta ahora.
El panorama mundial es sombrío. Los analistas, empresarios e inversionistas internacionales con credibilidad coinciden en que 2023 trae consecuencias catastróficas para los sistemas de salud, para las economías, la alimentación y el medioambiente.
Los desafíos son enormes y solo los líderes valientes, enfocados en su gente y encomendados a Dios, podrán tomar las mejores decisiones para disminuir los impactos que son ineludibles.
La población ha manifestado la confianza de que tiene al mejor líder conduciendo a El Salvador, quien no se duerme en la silla o al frente de una piscina con un vaso de licor en la mano y un puro en la boca; un líder al que respalda y admira por su valentía contra los grupos criminales y de cuello blanco, porque cuida de su salud y educación, porque le ha devuelto la seguridad, porque cuida de su bolsillo y porque desarrolla obras históricas que empujan el dinamismo económico.
No hay duda de que el pueblo dará continuidad a la nueva ruta trazada por su líder, porque sabe bien que el reto país es solo para valientes y Nayib lo asumió desde 2019.
Un paso atrás, ni para tomar impulso.






