El presidente Nayib Bukele le declaró la guerra a las pandillas desde el primer momento que asumió el Gobierno. A diferencia de sus antecesores (que se dedicaron a pactar con las maras y tratar de usar a estos criminales como una extensión de sus activistas en el territorio), el presidente Bukele enfrentó de manera firme y directa a las organizaciones criminales más poderosas del país.
A pesar de tener a la vetusta clase política en contra (que en esos momentos controlaba a la Asamblea Legislativa), el presidente Bukele encontró las maneras de redireccionar recursos del Estado para enfrentar a las maras, un mecanismo que luego utilizó también para enfrentar la pandemia de la COVID-19.
Ante ambas emergencias, ARENA-FMLN y sus aliados parlamentarios mostraron una oposición total e inflexible, aun a sabiendas de que la vida de los salvadoreños estaba en peligro.
El pueblo salvadoreño tomó nota y en las urnas condenó a ARENA y al FMLN a la irrelevancia. Minimizados, su influencia parlamentaria se limitó a berrinches ocasionales, nostálgicos de un pasado que jamás volverá.
Con el mandato popular en firme, el Gobierno pudo implementar de manera total el Plan Control Territorial, que se apoyó con la puesta en marcha del régimen de excepción, pero también con un sistema judicial libre de corruptos y comprometido con el pueblo, además de un ministerio público depurado y decidido a combatir el crimen.
El resultado está a la vista. Con casi 90,000 miembros y colaboradores de pandillas tras las rejas, El Salvador dejó de ser la capital mundial de los homicidios y se convirtió en el país más seguro del hemisferio occidental.
Sus métodos para desarticular a las pandillas y la infraestructura creada para contener a los terroristas han sido objetos de elogio e inspiran a otras naciones a respaldar las esperanzas de que es posible conquistar la verdadera paz.
El caso más reciente es el de Costa Rica, cuyo Gobierno decidió construir una megacárcel inspirada en el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot). «Cuando un Gobierno toma las riendas y pone el orden y la seguridad como prioridad se puede lograr hasta lo imposible», valoró el presidente Bukele.
Llegar a ese convencimiento implica vencer no solo a los criminales, sino también enfrentar poderes internos y la presión que imponen organismos internacionales que buscan controlar a los gobiernos para imponer sus agendas. Enfrentarlos y hacer caso omiso a sus recomendaciones también es necesario para poder construir el camino propio.






