Millones de salvadoreños abandonaron su patria por el conflicto armado que se empezó a gestar en los años setenta del siglo pasado y que golpeó con toda su crudeza al país en la década de los ochenta. El FMLN, una alianza de cinco organizaciones guerrilleras, terminó pactando con los que eran sus enemigos jurados. Y en lugar de sus promesas de «hombre nuevo», una sociedad igualitaria y justicia para todos, pactó con ARENA el cese de las agresiones a cambio de repartirse las instituciones y de instaurar un sistema político en donde una polarización montada funcionó como motor de ambas agrupaciones.
Los enfrentamientos trajeron muerte y aumentaron la pobreza, además de provocar la más grande ola de emigración del país. Ciudadanos que huyeron de su propio país para salvar su vida y su dignidad, además de aspirar a tener oportunidades de crecimiento personal tanto para ellos como para sus hijos. Esta es la base de la diáspora salvadoreña: millones de personas que, con el mayor dolor de su corazón, dejaron su tierra para evitar ser masacrados por uno u otro bando.
Con el tiempo, ARENA y el FMLN demostraron el desprecio que sentían por estos ciudadanos e impidieron que tuvieran plena participación política y electoral, reduciendo sus contribuciones al país a la cantidad de dinero que enviaban a sus familias como remesas.
El trabajo de millones de salvadoreños en el extranjero ha mantenido la economía salvadoreña a flote y ha sido un impulso para muchísimas familias; además, contribuyen con el pago de impuestos en los países en los que residen, ganándose a pulso su puesto en esas sociedades gracias a sus aportes.
Los voceros y activistas plegados a ARENA y al FMLN han despotricado contra los planes de hacer avanzar la participación de los ciudadanos salvadoreños residentes en el exterior, como si el hecho de no estar en el país les restara méritos, en lugar de reconocer que a pesar de ello son actores imprescindibles de la vida nacional.
La diáspora mostró, desde un inicio, su respaldo al presidente Nayib Bukele y fue un pilar en su victoria de hace tres años en las urnas, de modo que reconocer su peso político y legislar para que pueda ejercer sus derechos es un paso natural, además de un acto de justicia, dadas las trabas impuestas por los partidos tradicionales.
Cualquier metodología para implementar la consulta y el voto de salvadoreños en el exterior debe priorizar las condiciones reales de los ciudadanos, afectar lo menos posible y, sobre todo, facilitar los procesos, así como ha sucedido con la emisión del DUI, que cada vez está más cerca de todos los ciudadanos en el exterior.






