El Gobierno del presidente Nayib Bukele desarticuló las pandillas y conquistó la verdadera paz para El Salvador. Y lo hizo utilizando las mismas leyes e instituciones de las que disponían los gobiernos anteriores del FMLN y de ARENA. Entonces, ¿por qué él tuvo éxito cuando otros nada más encontraron fracasos estrepitosos?
Hay que comenzar diciendo que, a diferencia de los aliados ARENA-FMLN, el presidente Bukele no pactó con criminales. Su enfoque, desde el primer día al frente del Ejecutivo, fue declarar una guerra abierta y frontal a las pandillas.
Si bien las administraciones anteriores tuvieron programas de seguridad que implicaban uso de la Fuerza Armada en combinación con la Policía y se denominaban «Mano Dura» y «Súper Mano Dura», en la práctica no hubo un compromiso directo con la ciudadanía para erradicar a las organizaciones terroristas.
Se trató de programas creados para hacerse la foto y retirarse. De supuestamente mostrar fuerza, pero, a las primeras de cambio, retirarse y entregar el territorio a los pandilleros.
Tampoco hubo un verdadero compromiso de Estado. Muchas instituciones —empezando por los partidos políticos y seguidos por el Órgano Judicial— estaba cooptadas por las maras. No requirieron infiltrarse profundamente y tomarse la legalidad: bastó sobornar y extorsionar para imponer su voluntad.
El Gobierno del presidente Bukele, en cambio, emprendió una depuración del Órgano Judicial y del ministerio público, extirpando a los funcionarios que estuvieran involucrados con las pandillas o que favorecieran a sus integrantes con sus resoluciones.
Hubo un verdadero control de las cárceles y se les quitaron los privilegios a los cabecillas de las organizaciones criminales. Mientras que ahora hay orden y disciplina en los centros penales, con ARENA-FMLN había fiestas, bebidas alcohólicas, discotecas y desenfreno.
Lo verdaderamente diferente del Gobierno del presidente Bukele con los anteriores es una cuestión filosófica y moral: el Estado está para defender los derechos humanos de los ciudadanos, priorizando a los trabajadores honrados. Si ellos están protegidos, el país cambia: hay seguridad en las calles y un creciente desarrollo.
Y para que esto sea posible hay que sacar de las calles a los criminales. Restringir sus derechos a la movilidad y a organizarse para enviarlos a prisiones en donde verdaderamente pagarán por sus delitos.
¿Por qué enfocarse en los derechos humanos de los que masacraron, violaron, extorsionaron y traficaron drogas y armas? Lo ideal es defender a la sociedad de estos terroristas. Y esa ha sido la gran diferencia entre el presidente Bukele y todos los políticos que lo antecedieron.





