Salí de El Salvador a finales de 1980. Pertenezco a esa primera ola migratoria que llegó a Los Ángeles dispuesto a «conquistar» los barrios de lo que ahora se conoce como Korea Town. Me fui odiando no solo a la Guardia Nacional, sino también al Águila. Desde cipote nunca he ocultado mi aberración hacia el Águila. Desde el Mudo hasta Pelé Zapata, pasando por Pinho, Peche Mono González, Cisco Díaz y Ademir Barbosa.
Soy de la generación que vio llegar a los argentinos Casadei y Manolo Álvarez, y disfrutó por primera vez de las genialidades del Mago González en el Quiteño. Con la llegada de Jorge González vi al FAS coronarse campeón después de casi 14 años de sequía. Fue en esa época que tuve que irme del país. Cuando llegué a Los Ángeles, a finales de 1980, no me fue difícil adaptarme a la ciudad. La zona donde vivía, Olympic / Alvarado / Pico blvd., ya estaba totalmente invadida por salvadoreños. Por inercia, fui adoptando las costumbres latinas arraigadas en la ciudad. Comencé a seguir a todos los equipos angelinos: Lakers, Raiders y, por supuesto, los Dodgers.
Tuve la fortuna de llegar en dos momentos de gloria para los dos equipos mimados de Los Ángeles: los Dodgers y los Lakers. Los Dodgers contaban con jugadores como el Pingüino Ron Cey, Steve Garvey, Pedro Guerrero, Dusty Baker y Davey Lopes, todos dirigidos por el mítico Tommy Lasorda. Con el tiempo, el fanatismo que tenía por el FAS se trasladó a los equipos angelinos. Ya no era el Águila, de San Miguel, mi pesadilla, sino los Boston Celtics o los Yankees, de Nueva York. Literalmente sufría viendo esas épicas series entre Dodgers vs. Yankees, o Lakers vs. Boston, los Chicago Bulls o los Pistons de Detroit.
En 1981 irrumpió en los Dodgers y en la liga un mexicano que se convirtió, en poco tiempo, en un símbolo no solo del equipo, sino de la ciudad: Fernando «el Toro» Valenzuela. Ese año, en su debut, no solo fue elegido novato del año, sino que también formó parte del equipo que venció en la Serie Mundial a mis odiados Yankees, de Nueva York. Fernando Valenzuela se convirtió, sin proponérselo, en un referente de la comunidad latina migrante. Cuando los principales edificios del «downtown» se cubrían con la imagen gigantesca del Toro Valenzuela, todos los latinos nos sentíamos representados y nos llenaba de orgullo. Por alguna razón sociológica (que no voy a profundizar en esta columna), los centroamericanos nos sentíamos más identificados con artistas o deportistas mexicanos que con cualquier otro latino. No sentíamos lo mismo por Rod Carew, Pedro Guerrero o Canseco como lo sentíamos por Fernando Valenzuela. Ir al Dodger Stadium era todo un ritual: los hot dogs y cantar en el séptimo inning «Take Me Out to the Ball Game» era una gran experiencia.
Lo único que lamento de esa época, y que lamentaré hasta el último día de mi vida, es haberme quedado fuera del estadio cuando los Dodgers jugaron contra los Expos, de Montreal, y Dennis Martínez, un flaco pícher de Nicaragua, lanzó un juego perfecto. Esa es una proeza que, según la IA, solo se ha logrado 24 veces en toda la historia del béisbol.
Hoy supe que el Toro Valenzuela está en un estado de salud crítico, y como un balde de agua fría me cayó la noticia. Sin proponérmelo me remontó a mis primeros años en Los Ángeles, a la que considero mi segunda ciudad. Gracias, Fernando, por esas tardes de gloria que pude presenciar en vivo en las colinas de Chávez Ravine, en el Elysian Park.
Estoy casi seguro de haberle heredado a mi Diego el fanatismo por el FAS, los Lakers y los Dodgers; si eso no es así, entonces esa sí será mi segunda gran decepción en la vida.






