Cuando fui estudiante universitario, en la década de los ochenta, en el seno de la Universidad de El Salvador (UES), además era estudiante de Sociología, se nos impregnaba una ideología de «izquierda» con un odio enraizado hacia la «clase opresora», que en teoría era la llamada derecha, representada en su bastión que era Estados Unidos de Norteamérica. Con un odio hacia la empresa privada, a pesar de que nuestros padres, amigos o familiares trabajaban para este sector, era lo que enseñaba la UES en esa época. Espero que ha yan evolucionado, caso contrario, allí encontramos la respuesta de su estancamiento en el tiempo y de su baja calidad en la enseñanza, la cual ha venido decayendo.
La noción de izquierdas y derechas es un enfoque tan antiguo que en nuestra era se les cataloga como ideologías anacrónicas, puesto que es en el contexto de la Revolución francesa, el 28 de agosto de 1789, hace 235 años, cuando unas sillas en el Parlamento francés se ubicaron a la derecha para los más conservadores, que pretendían que el rey mantuviese su «statu quo», mientras que en las sillas de la izquierda se sentaron los que promulgaban por quitarle atribuciones al monarca, que se consideraban revolucionarios.
Este enfoque se trasladó al contexto de la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo se polarizó aún más, la cual se escenificó entre 1947 y 1991, con un período marcado por el conflicto político ideológico entre Estados Unidos y la ex-Unión Soviética (URSS), los primeros representaban al capitalismo -por ende, a la «derecha»- y los segundos, al comunismo -la «izquierda».
Dicho enfoque afectó a nuestro país y frenó cualquier posibilidad de desarrollo, pues el conflicto armado tenía esos matices ideológicos; por una parte la Unión Soviética, con sus satélites en América Latina, Cuba y Nicaragua, buscaba implantar su sistema comunista en varios países, entre esos nosotros; y por otra parte, Estados Unidos buscando proteger su «patio trasero» pues así nos llegaron a considerar, y nos desangramos en una lucha fratricida que no la entendimos en ese momento y que nos costó cerca de 75,000 víctimas, la mayoría de ellas civiles, y cerca de 10,000 personas desparecidas.
Las potencias pusieron las armas y las ideologías y los salvadoreños pusimos los muertos, los desaparecidos, los niños huérfanos, las viudas y los lisiados; un conflicto con intereses geopolíticos que no benefició a nuestro país, lejos de eso perdimos 12 años de república, 12 años de desarrollo, 12 años de sueños frustrados, para venir a terminar en una paz ficticia y estéril como las ideologías de los firmantes, para el caso, la cúpula del FMLN y los poderes corporativos representados en ARENA.
Digo esto con propiedad, pues le vendieron «humo» a la población de que entraríamos en una etapa de reducción del aparato estatal y se habló de «la teoría del rebalse», que implicaría un crecimiento económico para El Salvador, un mejoramiento sustancial de las condiciones materiales de vida de la población en términos generales; lo cual nunca llegó, lo que sí llegó fue el mejoramiento del pecunio de «los comandantes del FMLN» quienes instalaron un aparataje de inversiones en diferentes áreas de la empresa privada, convirtiéndose en la «nueva burguesía» salvadoreña, izquierdistas con inversiones en el sector privado, en detrimento de todos aquellos salvadoreños que creyeron el cuento de una vida mejor.
Ahora vemos a los veteranos y lisiados peleando por mejorar sus pensiones como sector, mientras que los «comandantes» llevan una vida de opulencia por medio de sus inversiones y del saqueo perpetrado a las arcas de nuestro país.
Izquierdas y derechas son ahora solo monumentos históricos en decadencia, en descomposición, y en un anacronismo que solo los incautos pueden creer.




