En su despacho presidencial, Sánchez Hernández le entregó a Medrano una carpeta que contenía dos páginas escritas a máquina. Era un resumen del primer informe sobre el secuestro de Ernesto Regalado Dueñas.
Medrano lo leyó y no hizo ningún comentario. El presidente le entregó entonces otras dos carpetas. La primera contenía las identificaciones de varios jóvenes, con sus respectivas fotografías y registro de sus adhesiones y actividades políticas. Casi todos eran estudiantes universitarios que militaban en el sector juvenil del Partido Demócrata Cristiano (PDC).
En la segunda carpeta solo había dos fichas de identificación con sus fotografías correspondientes: un tipo con lentes de miope con gruesas monturas negras de carey, Alejandro Rivas Mira; otro muchacho de ojos azules y cabello rojizo, Ricardo Sol Arriaza.
El general Medrano revisó todo el material y volvió a guardar silencio. Se trataba de un juego sórdido en el que el presidente había puesto sobre la mesa al menos algunas de sus cartas. Si se tratara de una partida de ajedrez podría decirse que había puesto en jaque a su adversario.
No había nada que decir. La reunión entre los dos generales había terminado. Pero la noche sería muy larga.
El general Medrano salió furioso de Casa Presidencial. Abordó su auto y se enrumbó hacia la colonia Escalón en busca de Luis Salcedo Gallegos. Según su declaración judicial, frente a la casa de su amigo vio una camioneta aparcada en cuyo interior estaban tres hombres que le parecieron sospechosos. Él ya daba por descontado que esa noche intentarían asesinarlo.
Les puso las luces altas de su auto y pistola en mano les gritó que se identificaran. Uno de los hombres salió de la camioneta y le dijo que eran detectives de la Policía Nacional y estaban persiguiendo a unos ladrones detectados en la zona.
Medrano, que ya le apuntaba con su pistola, le ordenó que se acercara despacio, con las manos en alto, y que le entregara su identificación. En eso se escuchó un disparo. El hombre cayó abatido en medio de la calle. Un vigilante nocturno que vio la escena aseguró después que fue el general quien disparó. Los acompañantes del herido, que murió momentos después, se dieron a la fuga.
Eran las 11 de la noche cuando Medrano llegó a su casa de la colonia Buenos Aires. Marcó el teléfono 218020, que era el directo del presidente Sánchez Hernández. Nadie respondió. Medrano hizo otras llamadas. Varios amigos le aseguraron que el Gobierno había librado órdenes de captura contra él y Luis Salcedo Gallegos, acusados del secuestro de Ernesto Regalado Dueñas y de encabezar una conspiración encaminada a un golpe de Estado.
Cuando su asistente llegó alarmado a informarle que una gran cantidad de hombres armados rodeaban la residencia, él ya había preparado y distribuido en varios puntos su propio arsenal de guerra y se aprestaba a la batalla.
Armado con granadas de fragmentación y una subametralladora MP 5, además de su Colt 45, parapetado detrás de un muro, Medrano se fue haciendo un cuadro de su situación: estaba rodeado por un contingente policial. Sabía que no era posible una ruptura exitosa del cerco. Pero también sabía que sus adversarios conocían su osadía, capaz de intentar en plan suicida la resistencia o el escape a costa de mucha sangre y demasiado escándalo político.
Luego de pasar una temporada entre los chamanes del Cuzco peruano, Ricky Aguilar reapareció en San Salvador a principios de 1969 con la mirada algo extraviada y una sonrisa beatífica, barbado y con el cabello largo, ataviado con cotonas de manta, jeans acampanados, collares y pulseras de jade y sandalias de cuero. (Fragmento de mi libro «Héroes bajo sospecha». Continuará)






