El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, presentó una propuesta de paz para poner fin al actual conflicto entre Israel y Palestina. Eso sucedió a pocos días de que, en el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas, un belicoso Gustavo Petro llamara a crear un ejército multinacional con la capacidad de ir a provocar más muerte y destrucción en esa parte del mundo.
Ahora resulta que a quienes se les acusaba de guerreristas y de promover el anarquismo son los verdaderos pacifistas. Mientras que los que se autoproclaman pacifistas promoviendo ridículas ideas como «los gestores de paz» (que no es más que un invento para que los criminales no enfrenten la justicia) son los que incitan a la guerra.
Es por lo que dicen los medios que uno se forma un concepto de las personas, cuando debería ser por sus acciones, pues ver a Donald Trump luchando para que esos dos pueblos por fin consigan la paz ha hecho que me replantee lo que pensaba de él. Su preocupación por el sufrimiento de los demás revela también el porqué de su afinidad con quien dirige los destinos de nuestro país.
Lo que es de notar en todo esto es el hecho de que la ONU, un organismo que, por su origen y su finalidad, está llamado a dirimir esos asuntos, asumiera el papel de espectador, actor secundario o simple anfitrión de sus reuniones anuales. Es de ahí que se tornan comprensibles las palabras del presidente Bukele al explicar las razones de su ausencia en el último foro: «Esta vez me salté la Asamblea General de las Naciones Unidas, me pareció inútil este año, pero siempre puedes ver el discurso del año pasado si quieres perder el tiempo como lo hice yo».
Me parece que el tiempo transcurrido desde su creación ha vuelto caduco e inoperante a ese organismo, el cual, si no se replantea y procura adaptarse a los nuevos tiempos, tal como lo sugirió nuestro mandatario en el discurso aquel que comenzó con una selfi, puede alimentar más la idea de crear un nuevo ente global que sí esté acorde a las actuales circunstancias.
Para que una organización como la ONU sea siempre funcional debe transformarse al mismo ritmo en que el mundo y las naciones que la integran se transforman; caso contrario, corre el riesgo de volverse obsoleta e irrelevante. Con todo, no quisiera pensar que esta ya cumplió su propósito derivado del final de la Segunda Guerra Mundial y que ahora debe dar lugar a otros actores; quizá solo sea cuestión de replantear sus objetivos, así como fortalecer la manera de influir en temas como ese donde la propuesta de paz de Estados Unidos le quitó protagonismo.
He aquí los principios y propósitos de la ONU establecidos desde su fundación: Evitar conflictos y promover la resolución pacífica de disputas. Promover la cooperación y la hermandad entre los países. Trabajar para mejorar las condiciones de vida de las personas en todo el mundo. Defender y promover el respeto por los derechos fundamentales de todas las personas. Ayudar a resolver problemas de carácter económico, social, cultural y humanitario.






