Se van cayendo las hojas de ese árbol de la vida en creciente, y se vuelve menguante el caminar atropellando sueños y a las sirenas otrora dueñas de ese oceánico imaginar versos en las profundidades del no ser, allá donde existen las dudas de la materia que se extingue año tras año, mientras el universo sigue infinito susurrándote al oído la imperiosa muerte de tu poesía, el descalabro inminente de tus verdades circunstanciales, del peregrino declarar tempestades, cuando la certeza es que se consumen hasta las articuladas redes de lo que fue un sistema de circulación hoy convertido en la resequedad de tus venas. Mueres, vas extinguiéndote en la opacidad de las inertes pupilas. Los dulces sonidos de una cantata, o la melodía de violines, o los arpegios de la guitarra ya no penetran las fibras del alma, disfrutando el placer de rimas, versos brujos o los encantos de la quinta sinfonía.
¿Lo grandioso y bello? Que estás despierto aún y además consciente de la lentitud de tus pasos, la pequeñez de tus voces en el quebranto de la tarde, del tiempo posible y cierto que queda en la distancia de tu horizonte, único horizonte; los límites inminentes y racionales de tu corta vida en el espacio-tiempo subyugante que resta para crear un poema.
Envejece el silencio, la mórbida cara del bandoneón, hoy adosado a su ataúd, colgando frente al espejo, donde se proyectan lunas recordando aquellas melodías llenas de ternura, en una escala musical atrayente de recuerdos necios, en tropel, cantando agudos y disonancias entre sus cuerdas. El yo agonía redoblando distancias cada noche entre los sueños efímeros como densos, esperando el amanecer. Y llegaba, sé que llegaba el nuevo sol para iluminar la esperanza en los últimos días.
Se escuchan ruidos estertóreos de los otros que están vivos y no se arrastran aún en esas arenas movedizas donde nos vamos desprendiendo del verbo, entumecidos, pero llenos de esa fe que proviene de los restos del intelecto, convenciéndonos de que seguimos en vilo, erectos, enfrentados al ruido de las trampas que ponen los humanoides frente a nosotros como un martirio para que despertemos del sueño del vivir. Miradas piadosas, atónitos espasmos de dolor en sus vientres, hipócritas, interiores risas por sus notables esplendores.
Aquellas otrora grandes decisiones sobre el quehacer, qué vivir, qué dar y qué recibir en la paranoia de la turbulenta razón siempre, el estado consciente o inconsciente sin freno ni misterios importantes: solo existir. Hoy las decisiones son más concretas entre convertirte en polvo o en cenizas. Estas con todas las ventajas para desaparecer en el viento fresco a la orilla de una playa, al borde de una montaña y seguir siendo parte de la naturaleza del universo, pero desaparecer, y que queden a la mano estos grafismos virulentos ininteligibles para el resto de los pendientes mortales.
Pasar a la forma mortuoria es siempre un conflicto de intereses entre propios y extraños en nuestras «modernas» sociedades, expuesto tu muerto semblante maquillado para dar una buena impresión a los curiosos una noche, o suponerte vuelto carbón en una cajita muy rococó o rasgos coloniales. ¡Ahí está! Señalarán los deudos (los que le quedaron deudas con nosotros y certifican así la imposibilidad de pagos en billetes o morales), pero es el llamado velatorio en fin de cuentas lo que cierra todas tus cuentas, ellos darán la vuelta y se van y yo me quedaré de nuevo en la triste soledad, asfixiándome dentro de algún armario… hasta que decidan ese acto generoso de dispersar mis emociones al viento… como debieron estar siempre… además. Y no infringir la ley de gravedad durante toda mi vida por veintiocho mil ochocientas veces.






