Shaun Ferrier, de 52 años, su esposa Naomi y sus cinco hijos viven en una casucha de madera que él mismo construyó en un terreno que no le pertenece en el barrio Chateau Margot, ubicado en el margen de una carretera que conduce a Georgetown, la capital, y un canal que almacena aguas de lluvia donde suelen lavar su ropa.
No tienen agua corriente, ni electricidad, pero un panel solar les permite tener algo de luz. El baño es un hueco detrás de un tablón de madera en el exterior. Dentro, una pequeña cocina donde está una cuna, y en la otra habitación, una cama grande.
«Es duro, mire cómo vivo, todo el mundo debería vivir mejor que esto», responde Shaun cuando se le pregunta si se beneficia de la bonanza petrolera.
«Son los grandes los que ganan dinero, no los pobres. Yo tengo que trabajar 12 horas todas las noches, de domingo a domingo», explica este vigilante que gana 110.000 dólares guyaneses (unos 525 dólares estadounidenses) al mes.
Reconoce que con el petróleo las ayudas han aumentado a 100.000 dólares guyaneses (unos 479 dólares estadounidenses) por hijo. Las recibe una vez al año y aunque equivalen a cinco veces su salario, dice que no cambia el día a día. Para el futuro, Shaun y su esposa dicen esperar que el petróleo dé a sus hijos una vida mejor que la suya.
Con una estimación de más de 11.000 millones de barriles de reservas para una población de 850.000 habitantes —más por persona que Kuwait—, el presidente Irfaan Ali, candidato a la reelección, promete una «Guyana próspera» con mejor educación, diversificación de la economía y un desarrollo sostenible. Sus rivales hacen las mismas promesas.







