El amor te tendió una trampa, papá, y este fue el principio de todo. Te enamoraste perdidamente de la enfermera bajita, de pelo liso, recortado hasta los hombros, de silueta contorneada y piel blanca.
Y ella, por supuesto, correspondió a tu amor joven. Definitivamente la cautivó tu estatura de 1.90 metros, tu entonces cuerpo delgado y firme, tu pelo rizado negro y esa sonrisa amplia, libre.
El amor que se prometieron los hizo fugarse para buscar un lugar propio, pequeño, sí, pero solo de los dos y para los dos.
Fue cuestión de tiempo para enterarse de que esa intrépida decisión de huir juntos daría fruto: una niña venía en camino.
Entiendo que soñaron verla nacer. Es más, decidiste ser vos quien la recibiría en este mundo. Enfermero también, dispusiste todo para entrar a la sala de parto para asistir a tu amada y esperar a la bebé. Todo salió bien. La niña nació un 11 de septiembre.
En plena incapacidad posparto revivió el amor de pareja. Fue entonces cuando en la escena familiar aparecí yo. Nací un 18 de septiembre, un año después de la primogénita.
Fuimos cuatro por un tiempo corto, pues no sé decir si los celos de la vida, el amor o la muerte hicieron que dejáramos de ser felices. Vos quedaste viudo, mi hermana y yo, huérfanos de madre.
Y aunque la vida nos ofreció la oportunidad de que una buena amiga y vecina se convirtiera en nuestra madre adoptiva, más de una vez me he preguntado qué hubiera pasado si mi madre biológica viviera, ¿cómo sería tu vida junto a la primera mujer que te robó el corazón? ¿Cómo sería mi vida? ¿La nuestra?
Recuerdo cuando de niño visitábamos el nicho recubierto de celosías blancas, decorado con una pequeña cruz en celosías negras en el centro de este, con una cabecera que tenía una cruz apuntando al cielo y en la base de la cruz una placa con el nombre de ella: Flor de María Dueñas Charrutini.
Recuerdo cada 2 de noviembre ese peregrinar hasta la tumba para depositar flores naturales en memoria de quien te robó el corazón y a quien le debemos la vida mi hermana y yo.
No sé cómo soportaste perder al amor de tu vida, no sé cómo superaste el dolor, no sé cuánto tiempo lloraste y clamaste justicia por la pérdida de tu amada, pero debo reconocer que fuiste valiente y tenaz.
No puedo negar que atesoras con celo las imágenes de la mujer que te enamoró y te convirtió en padre, así como también conservas la imagen oscura del cuerpo yacente e inerte de tu amada.
Como pudiste, seguiste adelante, y en definitiva fue por tus hijos. Creo que después del dolor de la pérdida no hubo nada comparable que te hiciera tambalear de nuevo, y hasta ahora sigues firme como un árbol terco que soporta duros ventarrones.
El tiempo ha pasado y gracias a una nueva compañera a tu lado ahora caminas tranquilo, sin prisas, viviendo a plenitud.
De tu pelo negro rizado solo quedan recuerdos, de tu figura espigada ya no hay nada, pues adoras comer bien y abundante. Tus hijos crecieron y puedes sentirte orgulloso de que la prole ha crecido: tres nietos, un bisnieto.
Vaya que la trampa del amor fue dura y cruel, pero gracias al piadoso tiempo hoy puedes vivir una vejez plena. ¡Un abrazo enorme, papá!






